Los malos ratos de la política

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políticos españoles

“Cuando algo es moralmente correcto, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar”. Lo decía el recientemente fallecido Günter Grass, y no han sido pocos los que han decidido aplicarse el cuento. Claro que, para poder siquiera entender qué defiende el autor, hay un requisito imprescindible: tener sentido de lo moral o, en su defecto, saber qué implica tenerlo. Y, en este punto, muchos se quedan por el camino. Lo saben bien los grandes maestros de los trajes a medida y la sonrisa de pegatina, célebres pioneros en hacer propuestas con la consistencia de un diente de león y evaporarlas con un soplo de poder. Así son nuestros políticos, de todo menos nuestros. Saben de magia, de baile, de geografía y nadie les puede negar el título en Administración y Dirección de su cuenta corriente. Claro que su mayor destreza es meter la pata y olvidarse de sacarla. Aquí no hay competencia posible, ni siquiera la suya propia.

Abril y sus lluvias mil nos dejan un auténtico terreno de hoyos en lo político. Si empezamos por los cataclismos, lidera la lista Pedro Sánchez. Él vio la cuna de Machado en tierras sorianas y rescató el controvertido “miembros y miembras” como broma en una sesión plenaria. No cabe duda de que se quedó con un par —de patas— sepultado entre el fallo biográfico y “la falla” expresiva. Aunque, si alguien controla de expresividad, esa es Esperanza Aguirre. En el desesperado salto hacia la Alcaldía de Madrid, la liberal ha tirado la sutileza por la ventana y se ha mostrado más torpe que nunca. Primero fueron los ataques a La Sexta por emitir programas como “Aló Pablo” en su cabeza; después, el guiño al Chester montando el chiringuito de campaña en plena calle; y ahora, los halagos descarados a la periodista Susanna Griso sobre su aspecto físico. Definitivamente, lo de Esperanza ya desespera. Será que la detención de Rodrigo Rato agudiza su delirio o, quizás, que pretende demostrarle a Mariano Rajoy que está a la altura de su ineptitud.

No obstante, las lluvias de abril también han dejado caer alguna gota de sentido ante los micrófonos políticos. Después de demostrarnos cómo se libera uno con un apasionado meneo andaluz, Soraya Sáenz de Santamaría admitió frente a la oposición que sí, que hubo amnistía fiscal. Y de la buena, añado. Ha debido de quedarse tan a gusto con la confesión como Dolores de Cospedal, que se ha “sacado” una verdad de la manga al admitir que están “saqueando” el país, y que lo van a seguir haciendo. Ya son dos verdades. Todo un detalle por parte de su subconsciente haber tomado el mando por unos segundos.

Estos ejemplos son simples anécdotas que se secarán con el tiempo electoral. Lo que sí se mantendrá fresco son “los malos ratos” de la corrupción, las promesas sin voluntad, las pujas por la Moncloa y la cercanía de quita y pon. Porque los políticos tienden a hacer lo contrario de lo que predican. De ahí que se preocupen, primero, por lo que les van a pagar; y después, si se ven envueltos en un escándalo, por las consecuencias políticas, fingir que no están preocupados y defenderse. Ni rastro de lo moral ni de lo correcto que decía Günter Grass. Está claro que no saben leerle a él, como tampoco a nosotros.

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