La última portada de ‘Charlie Hebdo’

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Stéphane Charbonnier, Jean Cabut, Georges Wolinski, Bernard Verlhac, Bernard Maris, Philippe Honoré, Elsa Cayat, Michel Renaud, Moustapha Ourrad, Fréderic Boisseau, Franck Brinsolaro, Ahmed Merabet

Tras ver esa terrible secuencia de las imágenes del atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo en las que uno de los terroristas remata en el suelo a un policía malherido, lo fácil ahora es la condena sin paliativos, llamarles integristas, fanáticos, extremistas, iluminados, acabar con los adjetivos que demonizan. Lo fácil es convocar al duelo, detenerles, juzgarles, condenarles, pasar página como se pasa de una conversación a otra en un tarde de otoño. Eso, casi siempre, suele suceder así, pero seguramente todo esto no es ya suficiente. Ni deseable.

Lo otro, lo difícil es, posiblemente, querer hacerse las preguntas que duelen, las preguntas que lleven a las respuestas que curan. Eso, dolorosamente, casi nunca sucede. Hay, tal vez, demasiados intereses, a veces por puro papanatismo, en que eso no suceda. Por eso, el mejor homenaje a las víctimas de Charlie Hebdo, a su irreverente lucha por la libertad de expresión, a su director, Stéphane Charbonnier (Charb), quien fatídicamente presagiara su propia muerte al afirmar que “prefería morir de pie que vivir de rodillas”, sería quizá intentar caminar por ese sendero minado y lleno de trampas y adentrarse en el terreno cenagoso en el que las explicaciones no son tan lineales ni tan en blanco y negro.

El actor Willy Toledo incendió —una vez más— las redes sociales con sus comentarios en Twitter al relacionar este trágico atentado con las acciones militares de la OTAN y el Pentágono en los países árabes que “están matando a millones de personas” (“El Pentágono y la OTAN bombardean y destruyen países enteros, asesinan a millones, cada día. ¿De verdad esperamos que no hagan nada?”, fue su tuit), y las respuestas, airadas, bienintencionadas y de condena contra el actor no se hicieron esperar. Pero, a la luz de todo esto, cabe preguntarse si detrás de su comentario no había también un intento de hacerse estas mismas preguntas.

Cabe preguntarse también si no querer ver, no ahondar en esas cuestiones de fondo, no querer adentrarse en esos tonos grises que hay detrás de toda tragedia, en esa otra realidad que ocultan el duelo y la rabia del momento y que retrata a ciudadanos nacidos en Francia matando salvajemente a periodistas nacidos en Francia no es otra victoria más de los fanáticos.

Entre las muchas aportaciones que Naomi Klein hace en su imprescindible libro de La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, figura esta reflexión (no es textual): si hasta ahora las crisis y los desastres en el mundo capitalista habían llevado parejas crisis del sistema, ahora las cosas ya no son así; ahora las crisis constituyen la gran oportunidad y el gran alimento del sistema para seguir creciendo, para seguir incrementando las cuentas de beneficios de grandes empresas sin rostro, de las grandes corporaciones, esas que nunca dan la cara pero que siempre ponen la mano para desangrar los recursos públicos. Ha sido así —y ella aporta datos que lo avalan— tras la guerra de Irak, tras Afganistán, Palestina, la URSS, Guantánamo, el Katrina… y muy posiblemente lo sigue siendo tras las fallidas primaveras árabes de Egipto, Siria y Libia, tras los conflictos de Mali, Somalia…

Si esto es así, y muchos son los datos que apuntan en esta dirección, habría que preguntarse si quienes estos días asisten a los sepelios de las víctimas, quienes se esconden detrás de ellos, quienes hacen de las muestras de duelo un parejo ejercicio de cinismo tienen algún grado de responsabilidad con lo que está pasando allí. Y, sobre todo y también, con lo que está pasando aquí.

Y todo esto nos lleva a una última cuestión, retórica si se quiere, pero posiblemente también necesaria: ¿cuál sería la portada que los propios dibujantes y caricaturistas de Charlie Hebdo asesinados estarán debatiendo en el imposible consejo de redacción convocado tras su muerte para explicar su propia tragedia?

Quizá, si somos capaces de imaginarla, de tocarla, de compartirla, seamos también capaces de empezar a hacernos esas preguntas tan necesarias que nos dejen ver más allá de los pasamontañas y los kalashnikok que ocultan el verdadero rostro de los culpables.

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