Podemos, Ángel Luna, el fascismo y el territorio de la derrota

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Síndic de Greuges, diario Información

En Alicante, pero también en otros lugares, hay mucha gente que le tiene ganas a Podemos. A veces, poco parecen importar las razones, los hechos, y lo importante son las ganas de atizar. Eso lo sé, lo sabemos todos. No es de ahora. Es de hace tiempo. Eso se percibe. Está en el ambiente. El titular de anteayer del principal periódico de la provincia de Alicante, el Información (“Podemos llamar a esto fascismo”), en un artículo escrito por su director, parece un ejemplo claro de esta moda intelectual. Ya estaba bien —debieron de pensar por fin muchos diletantes— que una pandilla de niñatos recién llegados se atrevan a decir cómo se tienen que hacer las cosas.

Leyendo la polvareda mediática que se ha armado a partir del referido donde se afirma y acusa sin ambages ni medias tintas que los dirigentes de Podemos son, así, en general, sin matices, simple y llanamente un grupo de fascistas dispuestos a emular, se supone que si fuera menester, la Marcha a Roma de Mussolini, unos Torquemadas contra la libertad de expresión, me ha venido a la cabeza el libro El territorio de la derrota, que releí hace unos días, del historiador eldense José Ramón Valero Escandell. En este libro se refieren las últimas horas del Gobierno de la Segunda República en la Posición Yuste, ubicada, como sabemos, en la finca petrerense de El Poblet.

En su libro, el de Escandell, sin duda de recomendable lectura, quedan muy bien retratadas aquellas trágicas últimas horas de la mal llamada Guerra Civil, la alianza entre los comunistas y el presidente del Gobierno, Juan  Negrín; la cobardía del Presidente de la República al negarse a regresar desde Francia al país porque daba ya la guerra por perdida; la traición reiterada de los casadistas al presidente del Gobierno, a Negrín, y el inconfesable pacto del propio Casado con los militares sublevados comandados por el dictador Franco, con el que pretendían salvarse ellos. ¿Qué por qué les cuento esto? Sólo porque vengo observando con preocupación periodística, también ciudadana —la una no quita a la otra—, que otra vez quienes se proclaman de izquierdas en Alicante, no solo no han sido capaces de articular en la ciudad una respuesta mínimamente coherente y unitaria a una situación excepcional como la que creo vivimos, sino que también son muchas las voces que andan todo el día acuchillándose, relamiéndose viejas heridas, y que ahora han encontrado la excusa perfecta, el enemigo justo que todo lo justifica para seguir en su particular festín que tanta desesperanza crea en una parte de la ciudadanía que confiaban en que ahora iba a ser posible otro escenario. Esa excusa y ese enemigo es Podemos. Podía ser otro, pero es Podemos. La bisoñez de sus dirigentes, los gestos torpes de algunos de ellos, la falta de sabiduría política propia de quienes son recién llegados, sus evidentes contradicciones internas, seguramente tampoco ayudan.

El final de este guerracivilismo de las palabras en la izquierda de la ciudad no sé cuál será, aunque me temo lo peor. El de entonces está en los libros, aunque sea ahora, setenta años después, cuando se esté revisando parte de lo ocurrido. Negrín, su memoria y su gobierno, tuvieron entonces que sufrir durante decenios la persecución y el oprobio de sus propios compañeros de partido (el de los fascistas era de esperar y se daba por descontado). Casado —ya lo hemos dicho— acabó huyendo por Gandía y las tropas fascistas italianas entraron en Alicante, dando luz verde a aquel último parte de guerra del día 1 de abril de 1939: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, que diera paso a una de las más negras noches de la historia de este pueblo y, antes, a aquellas últimas y trágicas horas y días de miles de personas atrapadas en la ratonera de la muerte casi segura del puerto de Alicante, que tan magistralmente relata Max Aub en su Campo de los almendros.

¿Y esto tiene algo que ver con Ángel Luna, segundo ex alcalde socialista de Alicante en la actual democracia, con Podemos y con el fascismo de marras que nos traía hasta aquí? Hombre, directamente, no, pero quizás…

Empecemos por Luna: “A partir de hoy, dejo de publicar mi artículo dominical en Información de Alicante. El portavoz de Podemos ha presentado una denuncia contra mí ante el Síndic de Greuges, pidiendo que me abran un expediente y me expulsen, por las opiniones expresadas en mis artículos”. El problema aquí no es Ángel Luna, aunque en parte puede que también. El problema es, probablemente, el uso y abuso que se ha hecho de una institución como el Síndic de Greuges, Defensor del Pueblo en la Comunidad Valenciana, que con el paso del tiempo parece estar pervirtiendo su función al haber sido convertida en una especie de cementerio de elefantes políticos al servicio del duopolio del poder ejerciente en la Comunidad, Partido Popular y Partido Socialista mayormente. El problema, decía, no es solo Luna, es la dificultad que hay en creerse que el Síndic de Greuges no acabará siendo, si no lo es ya, un tentáculo más de ese mismo poder que, por acción u omisión, ha convertido esta comunidad en tierra de saqueo, en la que unos (el PP), claro, tienen más responsabilidad que otros (el PSOE), pero que no habría sido posible sin el silencio cómplice y la cobardía de algunos en determinados momentos. También de algunos medios de comunicación.

Pero, para no hablar de opiniones, vamos a los datos. El actual Síndic, renovado hace apenas ocho meses, es José Cholbi, un hombre que ha transitado por todos los mares de la derecha desde el franquismo, Alianza Popular y PP, que ha tenido y sigue teniendo cargo público desde mucho antes de que la mitad de los ciudadanos de este país hubieran nacido. El vicesíndic, el socialista Ángel Luna, con un currículo algo menos prolijo —es más joven— pero igualmente beneficiario de cargos públicos en Madrid, Alicante, Valencia y, ahora, otra vez, Alicante, y desde hace treinta años, salvo en el corto periodo que trabajó tras, eso sí, dejar la Alcaldía de Alicante, al servicio del empresario local Enrique Ortiz. ¿Son ellos los mejores candidatos para ocupar ambos puestos? ¿Es esta una manera de prestigiar a la institución? Son estas, creo, preguntas que los ciudadanos tienen derecho a hacerse. Y otra cuestión y no menor: Cholbi y Luna, cuando cesan y cuando son nombrados, nombran y cesan a su vez a una treintena larga de cargos de confianza a razón de una veintena, el primero, y una docena, el segundo. ¿Podríamos decir que eso es una manera de clientelismo propio y heredero de las cesantías liberal-conservadoras del XIX? Seguramente podríamos decirlo así, a riesgo de ser acusados de querer dinamitar y cuestionar la propia institución. Asumimos ese riesgo.

No obstante, y a pesar de lo dicho, creo honestamente que en el desarrollo de sus funciones hay, pese a todo, una legitimidad de origen, que la da su propio estatuto y que aboga y ampara su teórica independencia partidaria, y una legitimidad de ejercicio. Y es aquí, en esta última, donde creo está el problema. Está claro que para los dirigentes de Podemos, o quienes quiera que hayan interpuesto la queja contra Luna que ha provocado la catarata de reacciones —y que, dicho sea de paso, sería bueno conocer en detalle para hablar a conciencia— es aquí donde está el problema.

¿Puede Ángel Luna, siendo vicesíndic como es, ejercer su libertad de expresión y opinar de cuanto quiera y donde quiera, de asuntos y colectivos a los que luego podría tener que amparar en sus quejas? Sin duda, puede. Otra cosa muy distinta es que, por prudencia, por decoro ético, debiera hacerlo. De eso no había ni rastro en el escrito dominical del referido diario, ni casi en la cascada de comentarios de apoyo y loas a que dio lugar en las redes sociales. Ni una palabra. Ni una duda. Y, a veces, aceptar que pueden existir dudas razonables es, como mínimo, señal de inteligencia y de tolerancia. De eso, intuyo, se trataba la queja de Podemos. De responder a esa pregunta. Esa parece ser la vileza de su atrevimiento.

¿Qué pensarían en el PSOE, o en el PP si fuera el caso, si la Defensora del Pueblo, Soledad Becerril, escribiese artículos en diarios nacionales donde hiciese públicos sus puntos de vista críticos sobre el liderazgo de Pedro Sánchez, el programa del PSOE, sobre Susana Díaz, sobre la corrupción de los ERE? Me pregunto si quienes ayer defendían con encono la libertad de expresión de Luna harían lo propio con Becerril. ¿Puede hacer eso, escribir, Soledad Becerril sin ver menoscabado su posición de Defensora del Pueblo? Seguramente, en pura legitimidad, podría, pero la realidad es que no lo hace. ¿Porque no tiene libertad de expresión?, podríamos preguntarnos. No creo que sea esa la razón. Seguramente no lo hace porque, de hacerlo, vería peligrar su legitimidad de ejercicio. Entender eso no parece tan difícil aunque, definitivamente, si se tienen prejuicios como parecen existir aquí, el debate de ideas va a ser más que difícil. Va a ser imposible.

Si quienes defienden el derecho de Luna a decir cuanto y como quiera se consideran a sí mismos los únicos defensores de la libertad de expresión, y los que creemos que, como mínimo, esa facultad podría quedar cuestionada en tanto que su cargo le puede llevar a enjuiciar  y denunciar quejas de colectivos sociales, políticos, etcétera, de los que antes ha cuestionado en sus colaboraciones periodísticas, somos los que estamos contra ella, el debate de ideas, la exposición de motivos, no va a ser posible. A veces, para entender al otro es aconsejable intentar ponerse en el lugar del otro. A veces, también, el griterío sólo dejar de traslucir el grado de cabreo previo que uno ya tiene. Ya saben, atender y entender a quien piensa como tú y descalificar o ridiculizar a quien opina diferente. ¿Es eso, me pregunto, lo que está pasando en Alicante? Que cada uno se dé la respuesta que considera más cierta.

El fascismo. Ya sé que no son estos tiempos comparables a aquellos tan trágicos y oscuros de 1939, ya sé que es una licencia periodística haber siquiera recurrido a aquella fotografía para tratar de explicar algo de lo que puede que esté pasando ahora, pero resulta que son otros los que han recurrido a ese mismo lenguaje y a ese mismo periodo para explicar lo que, según ellos, hay detrás de Podemos. Y son otros, y no yo, los que han jaleado, aplaudido hasta rabiar a quienes han puesto negro sobre blanco lo que ellos parece llevaban tiempo pensando pero no se atrevían a decir públicamente, con toda esa carga de profundidad y desprecio hacia un grupo de ciudadanos cuyo principal pecado es, muy posiblemente, creer que hay cosas que son manifiestamente mejorables. Ya se sabe lo fácil que es sumarse a una corriente que fluye y lo difícil que resulta ir a contracorriente de opinadores que se creen que no existe más verdad que la suya. Y más si esa corriente viene del principal periódico de la provincia, de quien lo dirige, fuera de cuyo manto protector —piensan muchos— sólo existe el invierno y nada será posible. ¿Cómo denominamos a eso?

Y de Podemos, ¿qué? Pues claro que Podemos es, en parte, corresponsable de lo sucedido. Pero sólo en parte. Este nuevo partido, o movimiento ciudadano o lo que puñetas sea, y posiblemente ni ellos saben aún muy bien lo que son, no es ni podrá ser nunca un dechado de virtudes donde no quepa mancha alguna. ¿Quién lo es? Porque su militancia y su origen es muy diversa y el modo de organización que han puesto en práctica tiene este y otros riesgos que ellos verán cómo encaran. Que a Podemos estén llegando algunas gentes con intereses bastardos y que puede que incluso hagan uso y abuso de sus siglas es fácil pensarlo; otros los tienen hace tiempo y los siguen defendiendo un día sí y otro también. En el caso de Podemos cualquiera puede acudir a sus círculos, hablar, exponer, y eso ya es territorio abonado para que surjan el conflicto, la discrepancia, el error, el exabrupto… Pero deducir de todo eso que en su sede anida la serpiente del fascismo… Algunos, depositarios como se creen de la defensa de la libertad de expresión y de las esencias de la izquierda en esta ciudad, parecen no poder soportar que alguien siquiera les interrogue. O eso parece.

Y ante este paisaje tan convulso, y para volver al libro de Escandell, uno y a riesgo de equivocarse, ¿qué quieren que les diga?, prefiere siempre a un Negrín que trata de defender hasta el final una posición de decencia y principios a los Casados de turno, que un día dicen una cosa y otro hacen la contraria, a quienes, es de todos conocido, han mantenido una trayectoria tan zigzagueante en los temas capitales que realmente importaban aquí y que nunca sabes si vienen de frente o el dolor de espaldas que notas de repente es porque te acaban de acuchillar en público. ¿Alguien, en serio, piensa que si Luna y quienes le aconsejan no hubieran entendido que la queja de esta gente de Podemos pudiese tener algo de sentido común habría decidido lo que dice Luna que ha decidido, no escribir de momento en el diario Información? Seguramente es que no conocen ni a Luna ni a quien en esta ocasión ha hecho de vocero tratando de dibujar un nuevo territorio de la derrota en el que la miseria moral siempre es del otro. En este caso, de Podemos. Al fin y al cabo, había ganas. Era terreno abonado para quienes se consideran pata negra. ¿Cómo podemos llamar a esto?

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