Un país sin ‘El País’

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Periodismo, Juan Luis Cebrián, Juan Carlos Monedero, Hugo Chávez

Muchos ciudadanos, también muchos periodistas, están aprendiendo a navegar por la mar revuelta de este país sin la información seria y rigurosa de ese buque insignia que fueron durante decenios las páginas del diario El País. Hubo antes, tiempo atrás, otras crisis, otras amenazas de divorcio y de naufragio, otras casi tragedias, pero la de ahora parece la definitiva.

Los restos de ese gran trasatlántico lleno de noticias parecen navegar irreversiblemente sin rumbo y a la deriva, cada vez más lejos de una gran parte de sus lectores. El fenómeno no es nuevo, pero quizá por la relevancia del acontecimiento merezca unas palabras y una reflexión, dado que el asunto está adquiriendo trazas de sainete al que asisten, cada vez más perplejos, sus también cada vez más escasos lectores.

Los divorcios, ya se sabe, son casi siempre dolorosos, traumáticos y de difícil vuelta atrás. Este, cierto, no es de ahora. Viene de lejos. De los sucesivos ERE, del despido de algunos de los periodistas más emblemáticos (Enric Gonzalez, Maruja Torres, Ramón Lobo…), del nombramiento de directores melifluos y perrofalderos, pero quizá conforme se acercan las citas electorales está  mostrándose el fenómeno más descarado y descarnado (y a propósito, para quienes quieran hacer una aproximación al tema, se aconseja leer Memorias líquidas y Diez veces siete, de González y Torres, respectivamente).

La información, ya se sabe también, es material sensible que depende en buena medida de la confianza y complicidad, de la ida y de la vuelta, y está hecha de fibras tan sensibles que, si se rompe esa finísima conexión, es casi imposible volver a tejer las redes nerviosas que la unen. Y El País o, mejor, sus actuales dirigentes parecen empeñados en romperlas todas. De ahí la tragedia. De ahí el sainete.

Tan es así que el diario de referencia de la izquierda social y sociológica de este país puede que haya cruzado ya ese Rubicón de imposible vuelta atrás. El periódico ha ido tirando lectores por la borda, y estos, extrañados, nadan y nadan en búsqueda de nuevos horizontes informativos. Es este un hecho cierto, constatable, que está en muchas conversaciones de las legiones de ex lectores de esta cabecera. Basta asomarse por la ventana de las redes sociales, oír su murmullo y leer sus comentarios.

Esta reflexión me la ha provocado precisamente la lectura de algunos de estos comentarios y noticias sobre el particular en esas mismas redes sociales, un magma difícil de comprender pero que, si de algo sirve, es para calibrar la temperatura social de una parte de la ciudadanía. Uno de ellos, el más reciente, el de la escritora, feminista y activista Beatriz Gimeno, que decía esto en su Facebook: “Supongo que el caso El País se estudiará un día en las universidades. De cómo un periódico respetado terminó por llevar en portada una noticia sobre un currículum menguante que luego resultó ser falsa. Ahora no podrán decir, como cuando publicaron las fotos falsas de Chávez, que la importancia de la noticia lo merecía… ¿o sí?”. Sí, ya sé, afecta a una noticia del grupo político en el que ella milita —Podemos—, pero su comentario parece muy acertado y recoge el sentir de muchos ante tanto atropello a las reglas del buen periodismo.

Y sí, es muy posible que el fenómeno del ascenso y caída de El País acabe siendo estudiado en universidades como metáfora de lo que pasó y lo que parece que está sucediendo en esta tierra. Acompañó en el camino, en la subida, en el esfuerzo, y ahora parece dispuesto a quedarse ahí arriba mientras sus lectores, o una parte importante de ellos, simplemente siguen estando donde estaban: abajo.

Los siguientes son solo algunos hechos noticiables, recientes y aislados, pero puede que suficientes e ilustrativos para entender la gravedad del momento, del extrañamiento de su brújula informativa. Del rumbo perdido. El día que el extesorero del Partido Popular Luis Bárcenas salió de la cárcel, El País decidió que tal acontecimiento no se merecía ni un rinconcito en su portada. El reproche incendió las redes sociales y así se lo hicieron saber muchos de sus cada vez más escasos lectores.

Poco después, curiosamente, sí lo encontró —el espacio en portada, digo— para denunciar a tres columnas una supuesta falsificación en el ‘curriculum vitae’ del número tres de Podemos, Juan Carlos Monedero, denuncia que los hechos parecen haber ido desmontando en gran medida y que obligó al propio diario a ir cambiando en varias ocasiones el redactado de la noticia en su web. Lo que a primera hora era “falsificar” parte de su CV por la tarde noche era ya algo así como “haber exagerado”, revelándose simplemente falsas muchas de la afirmaciones y hechos que recogía la primera información.

Son estas solo dos muestras, dos pulsiones. Una, un guiño al Gobierno, a Rajoy, a Soraya Sáenz de Santamaría —dicen que la mano protectora de sus cuentas bancarias— y otra, un patadón y tentetieso aprovechando la mar revuelta del pim-pam-pum propio de otros medios contra Podemos, actuaciones que sus lectores nunca esperarían de este (su) diario.

Ítem más. Informaciones sin confirmar —pero sin desmentir— apuntan a que el jefe supremo de la casa, consejero delegado y ocupante de la letra ‘V’ de la Real Academia de la Lengua, Juan Luis Cebrián, habría aceptado, se supone que de buen grado, las presiones del PP para entregar la cabeza del redactor encargado de seguir los paso del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Dicen que Carlos E. Cué será apartado de sus labores de perseguir la larga sombra del Presidente y “premiado” con la corresponsalía en Argentina. Dicen también que en su puesto irá una periodista menos crítica, más dócil, más predispuesta a aceptar la línea informativa que se vende desde Moncloa, aquella de que “lo peor de la crisis ha pasado” y que “ya hemos salido”. Y eso, en un año electoral y en el que el PP se juega casi su supervivencia y buena parte del poder casi absoluto que ahora tiene en las cuatro citas electorales previstas de aquí a diciembre, pinta como pinta. Y lo peor no es que esto sea o no cierto. Lo peor para el prestigio de la cabecera es que es creíble.

Y sucede que llueve sobre mojado. No hace un año aún de que este mismo diario o, mejor, sus responsables dieron por buenas las presiones del reino alauita de Marruecos que le llevaron a relevar por incómodo a su corresponsal Jesús Cembrero. Y no hace mucho que este diario ha ido apartando a gente de la solvencia profesional de Soledad Gallego Díez, etcétera, etcétera.

Son estos hechos, ya digo, solo datos —hay otros muchos en la misma dirección—, hechos, noticias. Lo relevante aquí no es la anunciada y lenta muerte de una empresa periodística por abandono de su clientela; eso siempre ha pasado y pasará; lo llamativo, lo grave, es la orfandad informativa en la que muchos de sus lectores se ven obligados a navegar en la mar revuelta de un país también revuelto y donde se hace difícil, muy difícil, mantenerse a flote. Esa es la gran traición al país de un diario o, mejor dicho, de sus actuales dirigentes, también llamado El País.

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