Podemos ahora se llama Ciudadanos

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podemos y ciudadanos

Para los adictos, los recalcitrantes, los fieles al espíritu patrio, a las siglas de toda la vida, al potaje de la abuela, a la siesta nacional, para los que huyen de aventuras, siempre quedará la opción de quedarse con lo de siempre, con lo seguro, con el Partido Popular o el Partido Socialista como enseñas, como opciones que, no siendo lo mismo, han demostrado saber complementarse.

Y para los recelosos, los aguafiestas de toda la vida, los tiquismiquis, para los que dicen que les apesta la corrupción, los que se apuntan a lo nuevo sin saber muchas veces bien qué es lo nuevo, los que siempre ponen pegas, ya tienen ahí las dos caras del nuevo espejo en el que mirarse: Podemos y Ciudadanos. El nuevo bipartidismo.

Y es que, bien visto, ahora Podemos se llama Ciudadanos. Y Albert Rivera es Pablo Iglesias sin coleta. De derechas, si se quiere, sin ese olorcillo chavista y venezolano que —dicen— tanto asustaba a algunos, pero con la misma fragancia juvenil de chico al que invitarías a una paella los domingos porque sabes que siempre va a quedar bien. Todo bajo control. Cambio sin riesgo, dicen. No lo digo yo, lo dicen las encuestas.

Andaba el PSOE con la cara agria y el gesto torcido, taciturno, mirando de reojo a los estudios demoscópicos y preocupado por el efecto Podemos en su despensa electoral. Y por eso debe de ser que empezó a airear y claquear con entusiasmo la guerra sin cuartel contra las becas de Errejón y las cuentas bolivarianas de Monedero, el tamaño de la coleta de Iglesias, comparando al citado Monedero con Bárcenas, convocando elecciones a destiempo en Andalucía para —dicen— abortar el nacimiento de la criatura, pensando que así llegaría vivo a la meta, que lograría seguir al mando de la tropa, sin darse cuenta de que en maniobra de distracción la partida ya se estaba jugando en su otro flanco. En el del ala oeste de los replicantes de la derecha de siempre. En Ciudadanos.

Andaba el PP también preocupado por Ciudadanos y, contrariamente a los socialistas, pronto entendieron que, a veces, no queda otra si se quiere salvar lo principal. Y que, si se pretende evitar el naufragio, es mejor acercarse a la nueva embarcación lentamente, sin demasiados aspavientos, con aire de respeto, y entender que antes de enfrentar batalla es mejor la vía de la alianza (Esperanza Aguirre ‘dixit’), no ponerse nervioso porque salga al mercado una copia, el mismo manual pero con tapas más modernas, las mismas recetas pero envueltas en el aroma y el atractivo de lo glamuroso. Un toque de liberalismo por aquí, una mano de pintura contra la corrupción por allá, una versión ‘light’ de la economía de los mercados que no moleste a los mercados y que permita que sigan gobernando los mercados. Al menos —debieron de pensar— nos servirá para salir de un apuro. Y en ello andan. Tratando de salir de un apuro.

Es lo que diferencia a los dos viejos dinosaurios de la escena política nacional, PSOE y PP, al viejo bipartidismo. Que el PSOE acaba convirtiendo en enemigos a quienes van en su mismo barco, a la tripulación que les acompaña en sus travesías, en tanto que los populares pronto entienden que lo importante no son las tapas de los nuevos libros, ni los eslóganes que se corean en cubierta, ni siquiera, y si fuera menester, el capitán, ni los barcos que surcan la mar de los recortes y la desigualdad, que todo eso es secundario, prescindible. Lo relevante es el botín de abordo. Lo realmente importante aquí es el destino y el rumbo fijo a donde uno se dirige. Ya saben, aquello de los fines y los medios. En eso, siempre ganan los de siempre y pierden los de siempre. Es historia viva de este país. Pasó otras muchas veces. También parece que ahora, y según los manuales demoscópicos más recientes al uso, puede volver a ocurrir.

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