La izquierda imposible (pongamos que hablo de Alicante)

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Política, oposición, charlatanes

¿Está la izquierda de Alicante condenada una vez más al suave suicidio de la irrelevancia? Si tal cosa ocurriera, si la izquierda social, política e intelectual de Alicante, si es que eso realmente existe, no logra ahora tampoco “el asalto” democrático al Ayuntamiento de Alicante tras más de veinte años de travesía del desierto y de destrucción de la ciudad, no podrá, no debería mirar hacia otro lado. A la hora de buscar las razones que expliquen que ahora —tampoco— fue posible, solo tendrían que hurgar en sus propias miserias y mirarse ante el espejo de su narcicismo de opereta para poder entender algo que, puede, esté empezando a suceder ya como anticipo de la derrota.

Y no hablo aquí de los nombres que todos tenemos en los labios. Al menos, solo de nombres. Hacerlo sería ajusticiar a los que, valientes, han acabado dando la cara. Hablo sobre todo de esos otros nombres lejos de foco, a esos otros que durante estos últimos meses y años han movido los hilos de una falaz esperanza. Hablar sólo de nombres sería demasiado fácil. Saldrían algunos, sí, pero otros, los más venenosos, seguirían ocultos.

Hablo aquí de esa élite cultural y política que va de tertulia en tertulia y de debate en debate dando clases de esgrima ideológica alternativa, de ese disco duro de gente biempensante que lleva años desgañitándose (y con razón) en esta ciudad contra el ‘stablisment’ conservador y en buena medida corrupto que la ha gobernado, gentes que han dibujado el escenario perfecto del cambio y que, durante años y años, han hecho creer a mucha gente, a muchos de sus propios conciudadanos, que ahora sí iba a ser posible, gentes a las que muchos habían creído y que, llegado el momento, descubren su orfandad y que el decorado era, es puro cartón piedra. Sólo sueños de arena.

Con las luces cortas. Me refiero sobre todo a ese pequeño ejército de gente que ha estado en la oposición de la palabra y el argumentario de lo necesario, instigadores del saludable debate ciudadano, pero que, a la hora de construir el relato definitivo que este tiempo excepcional requería, han decidido, otra vez, hacer la guerra por su cuenta, anteponer lo suyo a lo nuestro, hacer el frío cálculo electoral del reparto de prebendas. Gentes que, ahítas de pasado, no han sabido ni querido ver el futuro y han bregado a favor de ese pasado porque, seguramente, ellos también han descubierto que viven mejor en la oposición y en la crítica.

Y me refiero también y sobre todo, con tristeza y con dolor, a gentes que llevan un tiempo —largo tiempo— zahiriendo a sus pares ideológicos, a sus más próximos, disfrutando y relamiéndose de placer por las miserias públicas de los compañeros de viaje porque creen —o eso deben de pensar— que eso ayudará a ocultar las propias. Me refiero, sobre todo, a quienes estas últimas semanas festejan ya en público las pequeñas derrotas de los otros, seguramente porque creen que eso hará más pequeñas las propias. De eso hablo también. De quienes, llegado el momento, han creído que las luces cortas son suficientes en tiempos de tormenta porque te avisan de las piedras más próximas, pero no son conocedores que esos mismos faros bajos te ocultan los verdaderos y más graves peligros que están por llegar.

Ocurrió otras veces en esta tierra y puede que, ahora, suceda otra vez. No ha bastado que los hilillos de la podredumbre se puedan ver colgando desde la balconada municipal en todas las televisiones del país, no ha bastado que el hedor haya acabado impregnándolo todo, que ni todas las flores plantadas por una Alcaldesa en concupiscencia telefónica continua con el empresario-jefe hayan podido ocultar el hediondo aire putrefacto que todo lo impregna, para hacerlo posible. Todo eso no parece haber sido argamasa suficiente para empedrar un camino que hiciera posible a mucha gente de esta ciudad creer en la renovación, en la transparencia, en el nuevo tiempo. No sé, ya digo, si eso, el cambio y la regeneración, será aún posible, pero si, al final lo fuera, uno tiende a pensar que lo habrá sido a pesar suyo. A pesar de muchos de estos personajes y personajillos que hoy, a dos meses largos de las elecciones, andan entretenidos en hacer ya las cuentas de las bajas ajenas para consolarse de la propias, buscando las palabras que expliquen lo que pudo suceder y nunca ocurrió.

Les decía que no pretendía hablar aquí de nombres (cada uno de ustedes, de vosotros, tendrán o tendréis a buen seguro una larga lista); tampoco quiero hablar de siglas. Bien sabe cada uno de ellos la parte de (ir)responsabilidad que tiene en el resultado final. Todos sabemos de quiénes y de qué hablamos. Y no son solo los viejos del lugar los más responsables sino que, en esta cadena de despropósitos que nos han traído hasta aquí, hay que sumar a algunos de los nuevos actores recién llegados al estreno y cuya capacidad de liderazgo ha quedado en entredicho antes incluso de empezar a andar.

Me escribía un amigo uno de estos días, uno de esos que han estado en la sala de máquinas intentando tejer imposibles alianzas y pactos de futuro en esta izquierda social, política e intelectual de que les hablaba al principio, y me  escribía desde el lado de la amarga ironía y de la anticipación de la derrota para decirme: “Cuando todo esto acabe ya tengo (material) para una novela sobre la mediocridad en esta ciudad”.

No sé si alguna vez esa novela se escribirá, pero a buen seguro que materia prima no le va a faltar. Será la historia y la radiografía de la izquierda imposible. Pongamos, ya digo, que hablamos de Alicante. Una ciudad tan necesitada de esperanza y tan maltratada por sus élites.

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