Una cierta dosis de rencor que cura

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Sonia Castedo, Alicante

Hay quienes creen que el éxito del periodismo o de una investigación policial, judicial, etcétera es solo trabajo y más trabajo. Una parte, sí, claro, pero no solo. El periodismo, los grandes titulares, eso que ampulosamente la profesión califica de “exclusivas”, se alimenta y vive en muchas ocasiones al borde del lodazal y de ser el receptáculo en el que evacuan algunos los excrementos de su traición mezclados con una justa proporción de rencor y odio. El arrepentido ex edil del Partido Popular de Alicante Antonio Sobrino es, quizás, el penúltimo ejemplar de este relato tan degradante y, al tiempo, tan necesario.

Baltasar Garzón y Pedro J. Ramírez nunca habrían llegado a destripar el corazón putrefacto de los GAL y a meter en la cárcel al ministro socialista de Interior José Barrionuevo sin la colaboración de aquellos dos siniestros ex policías Amedo y Domínguez. Quienes fueran azote de terroristas al servicio de los servicios secretos y de las alcantarillas del Estado decidieron cruzar la frontera para ser un tiempo azote de políticos corruptos y mentirosos. Su personalidad poliédrica, y esa cierta y necesaria dosis de odio, rencor y venganza hacia quienes fueron sus jefes al sentirse traicionados, hizo posible lo que parecía imposible. La gran paradoja es que estos amedos y estos domínguez, casi siempre personajes oscuros, marginales, abyectos incluso, le sean tan necesarios al periodismo y a la política para construir el relato que ayude a devolver la esperanza. Miseria y grandeza en el mismo lote.

Más o menos es lo que ha debido suceder con el ex edil del PP de Alicante Antonio Sobrino que acaba de salir del armario del olvido al que fue condenado en 2011 por la entonces y actual alcaldesa de Alicante, Sonia Castedo, y que muy posiblemente ha hecho más que toda la oposición municipal y los jueces en el descrédito público de su ex jefa.

Sobrino, concejal y, durante un tiempo, también amigo de la alcaldesa Castedo, es, lo decíamos antes, quizás el penúltimo ejemplar de esta especie de personaje secundario y sin principios que hoy alimenta muchas de las tramas de corrupción que nos asustan y asquean, sin saber muy bien en qué orden. Ni la Gürtel, ni los ERE, ni el Palma Arena, ni las tarjetas ‘black’ de Bankia, ni la Operación Púnica serían lo que son sin la participación de sus correspondientes amedos, domínguez y sobrinos, aunque eso, claro, no siempre se cuente así. La gloria parece reservada solo para los héroes, pero su camino está, casi siempre, empedrado de víctimas.

El traidor y arrepentido edil Sobrino ha reconocido en un arrebato de sinceridad televisiva que saboreó primero el néctar de la gloria del poder y que, perdida la confianza de quien le aupó hasta aquel paraíso, se vio impelido a reconvertirse en uno de los principales verdugos de su otrora mentora. Sobrino ejemplifica lo peor de todo este lodazal al tiempo que desnuda al periodismo y a la judicatura de ese halo inmaculado que algunos pretenden. Sin esa porción de odio y rencor que reconoce haber vivido y que casi le lleva a la autodestrucción (“Lo perdí todo y tuve dos intentos de suicidio”, ha dicho a todo el país) desde que fuera relegado en 2011 del cargo y de las listas electorales del PP “sin explicaciones”, nunca habríamos conocido cómo eran aquellas fiestas del pijama en las que los Enrique Ortiz, Sonia Castedo y compañía se reían de la gente porque se creían inmunes e impunes al tiempo.

Sobrino, no sólo reconoce ahora que filtró a la prensa las fotos de la vergüenza en el hotelito de Andorra, sino que además ha necesitado hacer pública su infamia y traición en El programa de AR, en Telecinco, y que esto le ha permitido curarse y, a nosotros, ajustar cuentas con el bochornoso pasado que querían ocultar.

Algunos le llaman a esto “periodismo con mayúsculas”. Otros preferimos llamarle simplemente una cierta (y necesaria) dosis de rencor que cura. Una suerte de relato con personajes secundarios, sin cuya participación, el periodismo, la política, y la vida por extensión, no serían casi nada.

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