24-M, ¿el entierro programado del 15-M?

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elecciones municipales y autonómicas 2015

Todo cambio real necesita de una cierta épica, de algún eslogan, de un himno, de una música a la que agarrarse y con la que emocionarse. Por favor, háganse la siguiente pregunta: ¿cuál es ahora, a escasos días del 24-M, el eslogan, el himno, la música que pueda hacer pensar que nos encontramos en los prolegómenos de ese momento de cambio?

Y es que, mirando hacia el ruido de fuera, es fácil tener la impresión de que lo nuevo ha envejecido demasiado rápido. Tanto que casi parece tan viejo como lo viejo. Las mismas armas. Los mismos discursos. Los mismos escenarios. La misma cartelería electoral. Los mismos gritos y pausados silencios en busca del aplauso fácil de los convencidos. El partido se juega como en una dialéctica de trámite, de pase corto, nada que recuerde a la epopeya que precede a todo nuevo tiempo. No sabemos si por mero cálculo, si por incapacidad de unos y de otros, por cansancio, el caso es que todo es, o al menos parece, demasiado previsible. Quienes debían actuar como catalizadores de esperanza no parece que lo estén logrando. Hay destellos, sí, pero eso no basta. Puede que lo hicieran antes, pero ahora se diría que esperan acabar esta fatigosa campaña y recoger la cosecha, sea poca o sea mucha, que eso incluso casi parece importar cada vez menos.

Podemos, nuevos pero viejos. La gente de este nuevo partido político, que tiene sus raíces en las plazas del 15-M, parece haber gastado toda su artillería en los prolegómenos y en la desactivación de las minas antipersona de la guerra de guerrillas que le han ido tendiendo a cada paso. La retirada de su gurú, Juan Carlos Monedero a los cuarteles de invierno, justo a las puertas de la campaña, no es un sólo un síntoma. Es seguramente más que eso. Posiblemente el reconocimiento de la derrota anticipada y la constatación de un envejecimiento acelerado. Ahora saben que ya son novedad. Todos les reconocen que han sido los agitadores del discurso pero dan la impresión de no tener cesto donde recoger la cosecha. Ni siquiera si habrá cosecha.

Enfrente, justo al otro lado del tablero, están los que hacen lo que mejor saben hacer. Esperar agazapados. El Partido Popular o el cinismo. Cinismo puro. Dicen y proclaman sin sonrojo alguno abanderar la lucha contra la corrupción cuando son muchos de ellos sus principales protagonistas, por acción u omisión, antes pero también ahora. Echemos una ojeada sino a Ritaleaks, Dipugate, etcétera, el espejo corrupto del pasado que nos recuerda el presente. Pero, por encima de todo, saben que este no es su  momento, ni estas, sus elecciones. Por eso debe de ser que solo aguardan minimizar pérdidas y hacer un recuento aseado de cadáveres para mantener prietas las filas. Y, por si no estaba claro, ahí está José María Aznar saliendo del sarcófago de la historia y pidiendo la vuelta a casa de los (muchos) hijos descarriados. Y saben además que, por mal que les vayan ahora las cosas, mantienen en la recámara una bala ciudadana que les va a permitir un cómodo paso por la UCI, donde tratar los muchos pecados capitales cometidos. Rivera y los suyos serán para ellos muy probablemente el tubo lampedusiano de respiración asistida que les mantenga unidos a sus verdaderos intereses. En eso no habrá cambio.

El Partido Socialista, sonrisas y mirando de Susana. A medio camino, el partido de Pedro Sánchez lo fía todo a la memoria y espera hacerse perdonar todos su pecados, pasados y recientes. Y si no, que se lo pregunten a Susana Díaz, cargando mochila propia antes de llegar al reestreno de su estrellato y mirando de reojo a la pesada sombra alargada de la polémica adjudicación de Aznalcóllar y a ese nuevo auto de la jueza Alaya, en lo que se atisba ya como un ejemplo de más de lo mismo. Pese a todo, ya están, según recogen las prospecciones demoscópicas, obteniendo sus primeras sonrisas en forma de recuento anticipado de votos. Y eso, parece, les basta porque el paisaje que oteaban no hace mucho era bastante más sombrío. Otra manera de minimizar pérdidas. Saben ellos bien que este país y sus gentes, cuando se les pregunta, confiesan que son mayoritariamente de centro izquierda, y que cuando la mar se pone revuelta, casi siempre acaban virando la mirada hacia ese lado. O eso esperan ellos. El madero salvador del malo conocido.

Izquierda Unida, rebuscando en lo suyo. Y lo suyo, ya sabemos, es mantener vivas las esencias, alimentada y engrasada la maquinaria de la buena conciencia y el buen análisis, aunque sea en medio de un callejón que la historia les sigue cegando. Sus, muchas veces, buenos candidatos presienten que, otra vez, el peso de la historia les acabará aplastando, pero están acostumbrados a vivir de derrota en derrota. Bien saben que eso solo no basta, pero es su manera de ser. Sobrevivir en tiempos de mudanza es ya un éxito de incalculable valor añadido. Por eso proclaman que ellos son los únicos propietarios y que quieren quedarse con la llave del cofre de los principios, aunque puede que, cuando todos despertemos de este mal sueño en el que nos han metido los de siempre, poco o nada haya ya que guardar.

¿Y Ciudadanos? Los viejos jóvenes. Ellos están siendo los protagonistas y agitadores del debate, zafios protagonistas si se quiere, pero agitadores al fin. Y lo saben. Superados por el éxito antes del éxito, van de desbarre en desbarre, enfrentando generaciones, contabilizando habitantes por metro cuadrado de vivienda, vendiendo el carisma de su líder como si fuera a ser alcalde de cinco mil pueblos a la vez, pero aplicando el viejo refrán de que, con tal de que hablen de uno, poco importa que sea para mal. Aunque diez años de historia les contemplan, su rápida remasterización les hace parecer a ojos de muchos como recién llegados. Saben que su éxito puede ser tan grande como efímero, pero eso poco importa ahora. Habrán tenido su minuto de gloria, habrán cumplido el encargo para el que fueron reprogramados y, sobre todo, habrán ahuyentado la posibilidad de que otros cumpliesen su promesa de tomar el cielo por asalto. Al fin y al cabo, solo se trata de defender el sacrosanto reparto de los beneficios aquí en la Tierra.  Y en eso no hay duda: son apuesta ganadora.

Así parece que andamos. Con ganas de que esto acabe. Sin épica que narrar. Sin música que emocione. Sin eslóganes a los que agarrarse. Y, sobre todo, con el espíritu embalsamado del 15-M removiéndose en su tumba como un fantasma que nos contempla y avisa de que, otra vez, la esperanza empezó a romperse justo cuando parecía que estaba a punto de reescribirse el libreto que debía contener la épica necesaria que cantase el nuevo tiempo.

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