El 11-S del periodismo español: Monedero y Gómez

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'El País', Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias, Podemos, Tomás Gómez, Pedro Sánchez, PSOE

Perdonen que les hable de lo nuestro, del periodismo. Pero es que lo nuestro es, ahora más que nunca, suyo también. Si dicen que la primera víctima en una guerra es siempre la verdad, aquí, en España, parece que estuviéramos de guerra continua. De conflicto permanente. Creíamos haber superado el periodismo de espadachín, aquel en el que cada político tenía uno (o varios) periódicos a su servicio para halagarle y zaherir a su contrincante y cada periódico sabía bien a quién servía. Eso creíamos. Parece que sólo fue un espejismo.

Metidos en la refriega, a casi nadie parece importarle la verdad. Ni los hechos. El ruido lo impregna todo. En el lío ganan los de siempre, pierden (perdemos) también los de siempre. El lío del caso Monedero y el pim-pam-pum contra Tomás Gómez ejecutado con nocturnidad y alevosía son dos buenos ejemplos de esto mismo.

Son, seguramente, la punta de un iceberg que oculta un paisaje periodístico desolador y descorazonador y en el que los periodistas son, somos, también víctimas. Colaterales, si se quiere, pero víctimas de un conflicto que se dirime en la connivencia de los lujosos despachos del IBEX con los fondos de armario de la fontanería de los todavía grandes y viejos partidos.

Uno de los grandes reporteros norteamericanos, Gay Talese, lo expresó así: “El 11-S acabó con el buen periodismo”. ¿Grandilocuente? Quizá, si lo pensamos un poco, no lo sea tanto. La balacera parece obligar a estar del lado de donde salen los pepinazos o te arriesgas a que todos caigan sobre tu cabeza. Y los héroes, que los hay, escasean. Si en el periodismo español siempre hubo trincheras, las de ahora parecen más profundas, más zafias, más burdas. Y por ello, más peligrosas.

En este fenómeno de paulatina degradación, el tertulianismo de gallinero, ese remedo de cuadrilátero en el que periodistas y políticos andan abrazados como púgiles sonados, tiene mucho que ver. Tanto compadreo con los que mandan y deciden nunca trajo nada bueno a la profesión. La aparente pelea de Marhuenda (La Razón), de Antonio Miguel Carmona (PSOE), Inda (ex de El Mundo), de Tania Sánchez (ex de IU) es de todo menos limpia y edificante.

Hasta ahora, leer El Mundo, El País, ABC, La Razón era sólo ideológico, ahora es casi guerracivilista. Trincheras y más trincheras. Solo algunos nuevos brotes verdes —ElDiario.es, Infolibre, La Marea— parecen mantener cordones sanitarios con ese poder que se ha quitado la careta y que amenaza a todos a cuantos le cuestionan. Veremos lo que aguantan. Los despidos que no cesan, la precariedad laboral galopante y el nudo de la corbata de la hipoteca apretando hacen lo suyo. Que se lo digan a la Ser y sus últimos “despidos disciplinarios” a modo de aviso para navegantes, que se lo digan a los periodistas de RTVE con la contratación de una redacción paralela para asegurarse que no hay fugas en el relato. Todos firmes y en posición de saludo.

En esta jungla informativa en que se ha convertido el país es cada vez más asfixiante moverse con cierta soltura, encontrar caminos que abran caminos. La propaganda, el bulo, la campaña mediática, la media verdad, el dato sin contrastar, la opinión revestida de supuesta información se han convertido en lugares comunes. A este fenómeno no escapan muchos pensadores, intelectuales de izquierdas que, avistado el campo de batalla, prefieren dejar claro que ellos también están alineados con los que lanzan los pepinazos. En el lado de los replicantes de la vieja política y el viejo periodismo. Más vale malo conocido que bueno por conocer, deben de pensar.

Como ejemplos de esto mismo, dos recientes: el llamado caso Monedero y la extraña y fulminante destitución de Tomás Gómez como candidato a la comunidad de Madrid por el general secretario del PSOE, Pedro Sánchez. ¿Tienen algo en común ambos casos? Sí, mucho. Eran dos personajes incómodos. En ambos poco parece haber importado la verdad, los hechos, el dato fiable. Es posible, incluso, que esto, la verdad, fuese lo de menos. Se trataba de otra cosa. Demasiadas preguntas y pocas respuestas. Lío, ruido. En uno y otro caso ha existido y existe una auténtica cacería informativa de los personajes, bien que con diferencias y matices. Los idearios partidarios se repiten una y otra vez hasta aturdir, hasta hacer imposible la reflexión sosegada. Vayamos por partes.

En el caso Monedero, el objetivo era Pablo Iglesias. O mejor, ni siquiera eso: Podemos, un descarado autoinvitado a la fiesta de la que disfrutaban solo unos pocos. Acaban de llegar y quieren imponer nuevas reglas, pensaron. Demasiado atrevimiento. Demasiado descaro. Desde el principio del caso Monedero el pim-pam-pum ha traspasado todos los mínimos exigibles al buen periodismo: información, datos, contraste, separación de opinión e información. Desde un principio el ruido ambiental obligaba a estar en un lado de la trinchera, no se admitían los tonos grises, siempre tan necesarios en la vida como en el periodismo. Se publicaban informes que reforzaban tesis preconcebidas, la del medio que las patrocinaba, claro, pero se ocultaban los que la debilitaban. Había que desenmascarar al personaje, llenarle de mierda, aunque quien sufriese fuese la verdad de los hechos.

Algunos capítulos, tan chuscos como el del diario El País informando en primera de un presunto falso ‘curriculum vitae’ de Monedero del que resultó que lo único falso era la propia información, son prueba de esto mismo. Para más detalles, lean el durísimo editorial de la defensora del lector de este mismo diario, Lola Galán, contra sus jefes. Sin desperdicio. Cuando la porquería sobrepasa ciertos límites es imposible ocultar su hedor.

Y mucho me temo que tras esta casquería vociferante el tema puede que quede, informativamente hablando, en nada. O casi. ¿Alguien, sin apasionamiento, podría decir a estas alturas cuál era, es, el verdadero problema, el origen de la denuncia, los hechos ciertos que tanta tinta, real y digital, han hecho correr, que tantas portadas y horas de televisión han ocupado? Que esto haya ocurrido en gran parte justo en los días en los que la Lista Falciani iba vomitando históricos nombres de, estos sí, banqueros, políticos, empresarios del IBEX, auténticos trileros del fisco, y que ello únicamente haya merecido una atención menor, sólo debe de ser mera casualidad. Nada más. Y nada menos.

Vayamos a por Tomás Gómez. Aquí el problema era, o parecía, de Pedro Sánchez. El problema del no nato candidato a la Comunidad de Madrid era que estorbaba. Que era un verso suelto en el libreto que algunos habían escrito en aparente y espuria connivencia con los mandamases de algún periódico. Descabalgado el jinete, sabemos que las razones iniciales contra Gómez son, en parte, falsas, pero ahora ya poco importa todo eso. Se pierde el respeto a los militantes para tener el favor de un medio de comunicación. Otra vez la mezcla venenosa. Otra vez la confluencia de intereses bastardos. Periódicos sirviendo a candidatos, a varios si es menester, en una mezcolanza concupiscente.

Se habla, se grita, se dice que el tranvía de Parla ha disparado su coste de adjudicación y nadie, o casi, hace cuentas y dice que se están confundiendo adjudicación con financiación. Pero los titulares machacan, cuestionan, sueltan infundios, medias verdades. Mala cosa. Malas artes. Se habla de la responsabilidad del Ayuntamiento de Parla pero se obvia la responsabilidad del ente metropolitano que adjudicó la obra, donde el Partido Popular está presente. Eso no interesa. Se necesitaba un muñeco y ese muñeco es o era Tomas Gómez. Y las encuestas, claro. Malditas encuestas que todo lo justifican. ¿Era esto la regeneración?, se deben de preguntar muchos militantes socialistas.

Son estos solo dos casos. Pero hay más. Muchos más. Únicamente hay que abrir las páginas de alguno de estos periódicos cuyas redacciones han sido asaltadas por los jefes de recursos humanos, por los gerentes con trajes de reforma laboral, redacciones donde cada vez hay menos periodistas y más gente que se ve obligada a escribir al dictado de la cuenta de resultados. El viejo aforismo reverdece: “Nunca dejes que la realidad te estropee un buen titular”. Decidido el bombardeo, se buscan víctimas. ¿A quién puede interesa la verdad? Y eso que solo estamos en los prolegómenos de una guerra —electoral— que nos va a tener ocupados todo un año. Vuelve con fuerza, si es algún día se fue, el periodismo de espadachín. En palabras de Talese, nuestro eterno 11-S particular.

2 comentarios

  • […] y el resto de la mañana la pasó en jefatura, dando parte de su heroicidad: los lectores de ciertos periódicos se lo ganan a pulso; y a la tercera va la vencida. Nos informamos de lo ocurrido, no hay duda, pero […]

  • Responder febrero 23, 2015

    Hernando

    De su comentario se desprende que usted conoce la verdad sobre el asunto Monedero y sobre el asunto Tomás Gómez. ¿Por qué no nos las cuenta? ¿O está usted haciendo lo que critica y da como ciertas simples opiniones?

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