No sé qué decir

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Terrorismo islámico

Me pide César Noragueda, que tiene la amabilidad de acogerme en esta publicación, un artículo sobre lo ocurrido la semana pasada en París, tres atentados terroristas saldados con veinte muertos si contamos a los terroristas, que parecían no tener intención de huir, que se iniciaron con el ametrallamiento de la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo como supuesto castigo por haberse reído del profeta Mahoma. Una semana después se ha dicho tanto, se han hecho tantos análisis, que no sé qué decir. Incluso me pregunto si vale la pena decir algo, porque mucho de lo que he leído me parece una construcción del argumentario de los terroristas.

Verán, nunca me ha parecido que los grupos terroristas, sean cuales fueran, antes o ahora, fuesen analistas finos de la realidad. No sé si hubo terrorismo durante el Imperio Bizantino, pero sí me parece que un análisis pormenorizado, dialéctico, restaría fuerza a sus acciones, de ahí que sigan una estructura militar que señala objetivos y lo haga por motivos simples, que puedan caber en una frase. Los terroristas que atentaron en París no mataron a diecisiete personas por la situación en Palestina, Siria, Mali o la de los musulmanes en Francia —toda vez que “musulmán” en Francia debe de ser una categoría muy heterogénea—, sino porque alguien había señalado el objetivo y se lo había ordenado. Todo el análisis posterior se lo hemos dado hecho nosotros.

Lo más asombroso que he leído estos días no ha sido la lección magistral de Willy Toledo sobre montaje de vídeo, dejando caer sus conocimientos de medicina forense y criminología sobre trayectorias balísticas y hemorragias ‘premortem’, o el “algo ha fallado en el sistema de integración francés” de Gabilondo, como si cualquiera de los millones de musulmanes franceses pudiera ser capaz de agarrar un AK-47 y ametrallar gente por los defectos que pudiera tener “el sistema de integración francés”, que suele ser la Escuela Pública Francesa; no, han sido comentarios de gente no tan famosa, que dicen ser de La Verdadera Izquierda y estar doctorándose en Nueva York y vienen a ser algo así como “si Charlie Hebdo hace humor con el yihadismo, debe atenerse a las consecuencias”, que a mí me recuerda mucho a “si te vistes como una puta, atente a las consecuencias”. O mejor aún, porque esto es del todo fascinante: “Si tu gobierno bombardea Mali, tú eres cómplice por votar y pagar tus impuestos”, obviando que puedes haber votado a la oposición y que no pagas impuestos para que se haga lo que tú quieres que se haga, sino lo que hemos decidido entre todos que se haga, nos guste o no. De eso va también la democracia. Me quedé de piedra cuando Coulibaly, el tercer terrorista, que asaltó y tomó rehenes en un supermercado ‘kosher’ el viernes, le dijo exactamente lo mismo a sus rehenes. Como si lo hubiera leído. Que se sepa, Coulibaly estaba al día con la Hacienda francesa, como un buen ciudadano francés, pero ese argumento ni le pasó por la cabeza.

Verán, yo no digo que Occidente sea virgen, que en Francia le den un beso en la frente antes de irse a dormir a todos los inmigrantes —tengo la experiencia cercana de mi padre como inmigrante en París en la década de los sesenta que me dice más bien lo contrario— o que todos los musulmanes sean malos, feos y no se duchen o que nuestro Modo de Vida haya de imponerse en todo universo conocido, incluyendo el de Marvel. Digo que cuando trata de explicarse el Mal, hacerlo comprensible o racional, ese Mal ya ha ganado. Esto, si son leídos, ya saben que es de Faulkner. Explicar el Mal, y ametrallar a gente por dibujar en una revista satírica o derribar casas en Gaza con niños dentro está mal, sólo da argumentos a ese Mal. Me recuerda a cuando los personajes de Kafka acaban diciendo que, si les pasa lo que les pasa, tal vez es porque se lo merezcan, que algo habrán hecho. Imre Kerstez, premio Nobel de literatura que pasó por Auschwitz y Buchenwald siendo adolescente, decía que acababa habiendo una identificación entre la víctima y el verdugo, un intento de aquella por justificar a este. Hegel dijo: “Todo lo real es racional”, por tanto, le contesta Vasili Grossman en Todo fluye, un libro maravilloso para seguir creyendo en la humanidad frente al horror, aunque su horror concreto era el GULAG, como Auschwitz era real, era racional. Y se da cuenta de que eso no podía ser, de que Hegel se equivoca. Y de que se equivoca todo aquel que trate de explicar los motivos de cualquier sistema totalitario —y el yihadismo lo es, pues pretende controlar todas las esferas de la vida y sigue la brillante definición de ‘totalitarismo’ de Malaparte, “aquel régimen en el que todo lo que no está prohibido es obligatorio”— de manera racional, pues todo lo inhumano no lo es.

Puede ser, simplemente, que a la gente le guste matar, que nos guste matar o dominar a los demás, inspirarles terror, controlar los recursos, acaparar, y que necesitemos excusas para hacerlo y por eso necesitemos economistas, teólogos, filósofos y lo que haga falta, incluyendo intelectuales, periodistas y las mismas víctimas fascinadas como ante una serpiente. Yo me niego, me niego a construir un relato que trate de explicar por qué dos jóvenes nacidos en Francia se van a Yemen para recibir entrenamiento militar y vuelven a su país para entrar AK-47 en mano en la redacción de una revista y ametrallar a sus miembros por haber dibujado viñetas de quien sea y para asesinar en su huida a un policía municipal herido y caído en el suelo, por cierto, también musulmán de Francia, que pide clemencia con los brazos en alto. Me niego a hacerles el relato justificativo. No por odio, sino porque me niego a admitir una racionalización de la barbarie.

Así que ya ven: no sé qué decir y tengo un artículo por escribir.

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