Obligaciones de un republicano

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Monarquía, república, Felipe VI de Borbón, Letizia Ortiz

Recuerdo a ese pobre hombre que se adentró en lo más hondo de un jardín urbano para preguntar por una calle y aprovechó para pedirme unas monedas con que coger un autobús de largo recorrido. “¿Y a dónde vas?”, inquirí. “¿Qué te importa?”, respondió. “Como te voy a costear el viaje…”. Por indiscreto, después tuve que reflexionar acerca del modo en que se mantendría a flote un autobús con rumbo a Canarias. Quizá el del profesor Poopsnagle.

No por imposible sería un viaje más morrocotudo que el que emprendí a Oviedo hace unos seis años, la mitad con una intrépida conductora, y que cautivaría a Stanley Kramer por su mundo loco, loco, loco. El motivo del desplazamiento era que la directiva de nuestra asociación nacional de escritores, de la que ya no formo parte, se iba a entrevistar con los que entonces eran Príncipes, y como vicepresidente y subsecretaria, debíamos comparecer; y de punta en blanco. Lo que empezó con la demora del primer tren al que subí y una pequeña avería en el segundo, continuó a la mañana siguiente, no antes de clarear, en un tris de perder el tercero y arrastrando un paraguas inútil y una maleta inestable que se volteaba cada dos por tres por las callejuelas de mi pueblo natal. Conseguí subir al convoy, y dos trasbordos y otra demora más tarde, la subsecretaria entró en escena.

Charlamos de camino sobre asuntos diversos, disfrutamos del paisaje, el color otoñal de la arboleda y las cumbres espolvoreadas de nieve, almorzamos con rapidez, nos detuvimos en una aldea montañosa, dando que hablar a las vecinas, nos vestimos de gala y, minutos después, tropezamos con un embotellamiento de dos pares de narices en la entrada de la encantadora capital de Asturias. Comparecer a destiempo no era posible, y nunca he sido receptor de tantos bocinazos e insultos como al eludir ese escollo aquel día, recorriendo el arcén con la subsecretaria al volante, histérica.

Los Príncipes conocían los pormenores de la asociación, rompieron el protocolo de inmediato y fueron gentiles a pesar de que reté indirectamente a la Princesa a admitir su consabido pasado como informadora, pero lo único que obtuve fue una sonrisa helada, quizá cavilosa, y una circunspecta mirada azul, de confuso asentimiento. Tras la recepción, al paso de un famoso tenista premiado en aquella circunstancia, se me contó que el jefe de protocolo de la Casa Real había comentado que ningún requerido a una audiencia había llegado jamás diez segundos antes de la misma. Resulta que hicimos historia, la de los que viven con el tiempo pisándoles los talones; y en lo que a mí respecta, la de quien prefiere dedicar más líneas en un artículo a un trayecto difícil que a una quedada con los que hoy son reyes, porque antes le pagaría a aquel lumbreras el viaje en autobús volador a Canarias que aplaudir la injusticia de que la mayor autoridad del Estado, no sólo no sea electa, sino que además se adjudique irracionalmente por vía sanguínea y mucho morro. Y hubo quien se alegró de saberme con traje y corbata o soga al cuello. Hay que ver las obligaciones que llega a asumir un estoico republicano.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

4 comentarios

  • Responder diciembre 18, 2014

    Josef Bretones

    Si es que no se te puede invitar a nada, muchachote.

    ¡Saludos!

    PD.- Si es que no tenéis ni puta idea ninguno, ni puta idea…

    • César Noragueda
      Responder febrero 19, 2015

      César Noragueda

      A unos buenos escalopines de ternera con salsa de cabrales o a unos chorizos a la sidra sí se me puede invitar. Pero no, se me invitó a estar de cháchara con los de sangre azul, y ni punto de comparación.

  • Responder diciembre 19, 2014

    Alenarte Revista

    ¡Ave maría Purísima!…está usted en una escala que ya no me atrevo a llamarle de tú. Mireustedquéledigo…
    Me da que a alguno/a le va a salir pelín sarpullido al leerle, mire que es usted malo…;).
    Saludo cordial.

  • […] exclamó: “Pero, tío, ju, ju; no hace falta que escribas tan bien, ju, ju; que esto no es una audiencia con los Príncipes”, a lo que el interpelado respondió que ya era una costumbre, que no veía motivos para no […]

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