La nueva pedagogía y Pol Pot

0 Shares 0 Shares ×

nueva pedagogía

Leí hace unos días en el diario digital Público una entrevista a Màrius Mollà, autor de una novela cuyo protagonista es un profesor catalán y se ambienta a principios del siglo XX, en el contexto de la llamada Escuela Moderna promovida por el célebre Ferrer i Guàrdia. La entrevista no discurre entorno a la literatura o la ficción novelesca, sino que se centra en cinco supuestos síntomas de que la reforma de Wert empuja al sistema educativo español hacia el siglo XIX.

Como suele suceder en el discurso pedagógico que padecemos en este país de mis entretelas, el resultado es una indiscriminada mezcla de churras y merinas en cuya conclusión encontramos una frase en la que estarían de acuerdo muchos de los que en España debaten sobre este asunto a pesar de ser sus puntos de vista aparentemente contradictorios: lo que sobra son los profesores. Paganos últimos de cada pedabobada de moda, además somos los culpables universales, los boicoteadores de ideas salvíficas, los que arruinamos la transformación social que el país necesita, según unos, o manipulamos las conciencias de los alumnos y les lanzamos a la protesta, según otros.

Pero vamos a ello. Comienza la entrevista reconociendo algo esencial. El enemigo al que se enfrenta la Escuela Moderna es la enseñanza española del XIX. Nada que ver con la actual, por mucho que podamos estar de acuerdo en la existencia de elementos regresivos, especialmente en la LOMCE de nuestros males. Hoy la coeducación está generalizada, aunque la cohesión social pasa por malos momentos debido a la política de conciertos con la privada. De acuerdo en eso. Pero recordemos que los conciertos, gloria pura para las políticas clasistas del Partido Popular, se ponen en marcha con los gobiernos socialistas. Nobleza obliga, y es de bien nacido recordar que, si bien gobierna la derechota, lo hace en este caso aprovechando las puertas abiertas por la derechita.

El retroceso que entraña la vuelta de la Religión a las medias académicas y su acompañamiento de una alternativa evaluable de valores éticos es evidente. Los nuevos temarios de Religión son evidentemente catequísticos y anticientíficos y la jerarquía eclesiástica ya no se molesta en aducir interés cultural o científico para justificar la presencia de dicha asignatura. Coincido con el autor en lo pertinente que resultaría su eliminación para dar coherencia a un sistema de enseñanza. Pero temo que él discreparía, ya que alaba la introducción de la Educación para la Ciudadanía en un momento determinado del camino de la enseñanza en época democrática. No parece un punto de vista muy libertario proponer materias de adoctrinamiento ni valorar cosas tan subjetivas como el deseo de aprender o la ética de la conducta de cada cual. Más bien, la defensa de la libertad del alumno se consigue, creo yo, proporcionándole el conocimiento necesario para alcanzar sus propias conclusiones y adoptar la forma de conducta libremente elegida de forma responsable. Sin conocimiento no hay libertad; por ello, el conocimiento es la mayor aportación que un profesor puede hacer al desarrollo personal del alumno.

Y luego llega la madre del cordero. Una educación, se nos dice, sin premios, castigos o exámenes. Y se mezcla el examen con el premio o el castigo así, sin más. Los exámenes memorísticos son los expresamente rechazados, entrando en uno de los tópicos más debatidos en los métodos de enseñanza. Sin memoria no hay aprendizaje. Con memoria mecánica —“la memorieta”, que decíamos antes— no se garantiza la comprensión, y por lo tanto, el aprendizaje resulta incompleto y poco duradero. Conozco hoy pocos casos de profesores que primen en exclusiva “la memorieta”, pero tampoco conozco a nadie que aprenda sin utilizar la memoria. Estudio y comprensión de lo estudiado. Y exámenes, claro, que no son un premio ni un castigo, sino una información sobre lo que el alumno ha conseguido y si es o no suficiente para seguir adelante con un nivel de mayor dificultad. Porque se trata de eso, ¿no?, del conocimiento como objetivo a alcanzar. “La educación no es saber cosas, sino entenderlas”, se nos dice. No alcanzo a ver la dicotomía. Lo que no se entiende se sabe mal y lo que no se sabe, ni se entiende ni se puede entender.

Y, finalmente, los profesores. Ahí la conclusión es demoledora, ya que el novelista señala la necesidad de “limpiar todo el patio de profesores”. En eso me temo que anda de acuerdo con Wert, que ha disminuido en más de veinte mil —hasta veintiséis mil según otras fuentes— el número de docentes en España. O con Franco, que depuró sistemáticamente a maestros y profesores en cuanto accedió al poder tras la Guerra Civil por él mismo provocada.

O con Pol Pot, que trató de crear en Camboya una nueva sociedad sobre el exterminio de la anterior, teniendo bien claro en todo momento que los maestros, profesores, intelectuales varios, médicos o cualquier persona con ideas propias era un obstáculo para edificar el nuevo paraíso.

Habrá que partir de cero, con adictos al nuevo régimen metodológico centrados en formar a las nuevas generaciones en los valores del nuevo régimen, que son los valores a defender. Y para ello debemos limpiar el patio de todo aquel que opte por una vía distinta, que vea las cosas de otro modo, que se oponga a la verdad.

En fin, que habrá que volver a fusilar a Ferrer i Guàrdia.

Borja Contreras

Comentarista y observador curioso de una realidad que aúna lo trágico con lo cómico para cualquiera sensible al absurdo. Nuestra realidad.

2 comentarios

  • Responder mayo 11, 2015

    Juanjo Romero

    Me gusta cómo escribes las cosas, y además estoy de acuerdo en gran parte de lo que dices. Has vuelto a ser, como sueles, justo y valiente.

    • Responder mayo 13, 2015

      Borja Contreras

      Gracias, Juanjo. Alivia saber que esto le interesa a alguien como tú. En general, los artículos que escribo no suelen procurarme amigos, precisamente…

¡Anímate a decirnos que opinas!