Gracias, ‘Charlie’

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Mahoma, islam, terrorismo

Los acontecimientos de hace dos semanas en París han estremecido a Europa y se han sucedido de inmediato las reacciones de todo tipo, mesuradas unas, especialmente las institucionales, desmedidas otras. Por supuesto, hemos sufrido otro ejemplo palmario de informativos-espectáculo estrujando hasta la última gota las posibilidades de negocio del suceso y la puesta en práctica inmediata de un ejercicio político rastrero, con mandatarios internacionales y fuerzas políticas domésticas intentando sacar tajada del terror ciudadano.

Y lo cierto es que no deja de sorprender que los análisis se repitan con tanta precisión una y otra vez, como si la historia reciente no hubiese ido dejando a su paso un reguero de muertes suficiente como para que pudiéramos dar algún paso más y dejar de asombrarnos de una vez, porque ya nos asombramos con Nueva York, Madrid, Londres… El caso es que hay un problema y no parece que exista gran interés en atajarlo, ya que produce también réditos interesantes. Si no, veamos:

Los principales focos productores de individuos fanatizados, armados y con formación guerrillera que existen hoy son las tierras del autoproclamado Estado Islámico, en zonas de Irak y Siria, y la región Oriental de Libia. En ambos casos son agujeros negros, enormes territorios sin un efectivo control de los estados y con una gran capacidad desestabilizadora en sus respectivas regiones. En ambos casos han sido creación occidental. Se han sustituido regímenes hostiles a Estados Unidos, pero laicos, por campos de batalla en los que cada día muere y sufre mucha más gente que en cualquier atentado en Occidente. Y recordemos que se les bombardeó en nombre de la libertad y de la democracia…

Tal vez para los estrategas de Washington o Londres no haya ido tan mal. A fin de cuentas, podrían calcular que merece la pena soportar un atentado de vez en cuando si como contraprestación desaparece la capacidad de respuesta de estados fuertes opuestos a sus intereses en las zonas petroleras. Tal vez. Según este cálculo, los perdedores son, aparte de los innumerables muertos, los países árabes y los ciudadanos ilustrados que un día soñaron con un estado laico, independiente, capaz de gestionar sus propios recursos.

Cada vez que ocurre un atentado se reabre el debate sobre la seguridad. Se agita el espantajo del miedo y parte de la ciudadanía se apresta a ceder libertades con tal de sentirse más segura. El terror funciona, pero casi nunca en la línea perseguida por los terroristas. El dolor que sigue a cada atentado mezclado con la indignación suele acabar fortaleciendo al poder, entregándole herramientas nuevas que, no sólo mejoran la lucha contra los enemigos sino, sobre todo, el control de los propios. Veremos cómo incluso la libertad de expresión, principal derecho fundamental agredido en el caso Charlie Hebdo, sufrirá recortes en nombre del control y la vigilancia de la amenaza terrorista.

La gran manifestación de París nos dejó la foto de siempre: una fila de políticos buscando ganancias en la mina del dolor ajeno. Ver al que ha ordenado innumerables ataques sobre la población civil indefensa de Gaza en primera línea cuestionaba la limpieza de todo lo que estaba ocurriendo. Ver a algunos mandatarios europeos que son directamente responsables de la agonía que sufre Europa defendiendo de boquilla sus valores daba directamente náuseas.

Menos mal que la revista atacada sí estuvo a la altura. Su portada del día después fue un prodigio de firmeza, de inteligencia, de coraje cívico y de rechazo de cualquier instrumentalización. La aparición de la caricatura que a algunos tanto ofende demostró su capacidad para seguir luchando por lo que creen irrenunciable: el derecho al humor ofenda a quien ofenda, moleste a quien moleste. Las lágrimas del profeta ponen en solfa a los osados que se arrogan el derecho a decidir sobre la voluntad divina más allá de la vida o la muerte de las personas, incluida la suya. Y la frase del perdón les desmarca decisivamente de las reacciones que buscan instrumentalizar el suceso para justificar una ola de odio xenófobo que es ahora, junto con las actuaciones económicas de la Troika, la mayor amenaza para lo que Europa significó no hace muchos años: un espacio de libertad y bienestar sin parangón en la historia. Con todos sus defectos, una idea por la cual pelear, algo que merece la pena defender.

Por el sacrificio asumido y por la inteligencia que se mantiene a pesar del intenso dolor, gracias, Charlie.

Borja Contreras

Comentarista y observador curioso de una realidad que aúna lo trágico con lo cómico para cualquiera sensible al absurdo. Nuestra realidad.

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