Dos cirujanos y dos pacientes

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podemos y ciudadanos

Nada más hermoso que la ofrenda del político en tiempo electoral. Ahí se ve su porte. Su verdadero tronío de cuna, oscurecido durante los cuatro años precedentes, que al fin ve la luz. Estaba dentro, su simpatía de golpe, digo, como ese malestar intestinal que acontece tras tres días sin acudir al excusado y que encuentra su paraíso en una taza de plástico. Explota, ahíto de amor y solidaridad el político por el votante llamado a urnas. Porque ahora cuenta. Ya. Eso es lo importante. Que cuente. Es ahora cuando cuenta. Antes estaba ahí, vale. Paseaba, curraba, buscaba trabajo o se quejaba. Pero estaba ahí. Bah, de tranqui y paraíto. Porque las elecciones quedaban lejos. ¿Tres años, dos, un año?

Ahora son dos semanas, para las locales y autonómicas. Y varios meses para las generales. El CIS manda el mensaje: al bipartidismo le molesta un grano en la cuja. ¡Horrible! Purulento, fastidioso y ciego, el maldito grano: la corrupción. Y lo peor de un grano es que sea ciego, de esos que palpas sobre tu cuerpo a modo de pelotas de ‘ping-pong’, reyes de un espacio ajeno cuya ocupación incluso puede derivar en fiebre. Es lo que pasa cuando el germen y el vicio han vivido al calor de la impunidad: que deshacerlo es cosa casi de dioses. Y ahí entran los cirujanos, expertos ellos. Dos iniciados cirujanos pero que tienen al paciente casi en patíbulo: Ciudadanos y Podemos, que como sus nombres indican, son de la calle y pueden, respectivamente. O eso parece.

El “coletero” pierde fuelle, más allá de su técnica probada con el bisturí, en el último CIS. Técnica depurativa a lo raso, “extirpativa” de males ajenos que aún maneja con tosquedad ordinaria, la que le aupó a un Cielo frugal: el del aprovechamiento del mal ajeno. Merced al cual nació y se desarrolló, pero que cada día le vale de menos, como si el paciente ya no terminara de fiarse de ese médico al que el escarpelo le tiembla en la mano mientras le prometía salud eterna de rajarlo de arriba abajo. Luego, el otro cirujano. El yerno que toda suegra querría para su hija. La sonrisa de Rivera que a cada segundo mejor encaja en los sondeos y mejor aparenta manejar diestramente las herramientas de somnolencia y sedación. Por afiladas que sean. Sin precipitación. Cara graciosa y discurso de cambio. De mejora del enfermo, con cariño, sin someterlo a estreses ni preguntas molestas. Pero, sobre todo, sin extremismos ni catanas para practicar tan alambicada cirugía. Es listo, el payo. Además de fotogénico, que no es poco.

Además, hoy los titulares de la escena política ayudan a los aspirantes que da gusto verlos. El Partido Popular sigue arriba en intención de voto, sí, pero pierde la mitad de votantes con respecto a hace cuatro años. A todo esto, Rajoy ya anda para el Museo de Cera. Aún así, corren primeros. El Partido Socialista asciende, vale, pero arrastrándose. Como malqueriendo de un pasado que aún les sujeta. Pedro Sánchez, que bien podría haberse ganado la vida más tranquilamente de galán en el canal 24 Horas de Telenovelas, no termina de sacar la chispa a su atractivo, que lo tiene, no sé… Con morritos, chistes originales; al modo Rivera, vamos; amén de que las encuestas últimas le hayan dado un pequeño chute de autoestima al dejarlo por encima del amenazador Iglesias. Izquierda Unida, por su parte, sigue siendo la reedición permanente de La casa de la pradera: el mundo idílico que fenece por hastío, por repetición cansina de imposibles totalmente incorregibles en su travesía solitaria. Y Unión, Progreso y Democracia es Rosa Díez. La mayor torpeza en política desde que tengo uso de razón. El toro que resquebraja sin descanso sus pitones contra el burladero sin advertir que el torero devuelve al tendido sus aplausos a escaso medio metro. Chuleándole. Sin sitio para ambos partidos en el hemiciclo próximo, parece. O un rinconcito, a lo más, para alguno de ellos.

En cualquier caso, reconozco que, desde que tengo uso de razón, estas son las elecciones más atractivas, por multiplicidad. Dos pacientes y dos cirujanos, básicamente. Es tiempo de negociaciones, como ocurre en casa desde que cada uno de nosotros se levanta. Negociar debería ser materia de estudio en colegios y universidades, no imponer con el rodillo acostumbrado. De ahí el favor que aplaudo. Veremos si estos dos cirujanos con aparente virginidad saben cuándo y dónde cortar… y si luego el paciente o los pacientes se dejan.

Que esa es otra. No pase como en Andalucía se columbra, por desgracia. Que el enfermo, por disparidad de criterios médicos, dudas y egos varios, puede llegar a morir por inasistencia. Apunten.

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