Marca España: el fantasma que llevamos dentro

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…………De un tiempo a esta parte, se me llevan los demonios cuando escucho todas esas sandeces que se cuentan sobre la “marca España”, una expresión que se ha impuesto en los últimos tiempos y que encubre un planteamiento ideológico perverso: ¿cómo que “marca España”? ¿Acaso es España un producto? ¿Acaso está en venta o quiere ponerse en venta? Y en el caso de que así fuera, ¿dónde nos deja eso a los españoles? ¿Somos las piezas del producto, somos parte del pastel destinado a ser consumido? Porque, al menos en mi humilde opinión, yo hasta ahora me consideraba ciudadano, no muestra de escaparate, ni mono de feria ni objeto de consumo barato. Llámenme loco.
…………Con esto de la marca España ocurre lo mismo que ha sucedido con muchas locuciones que se han terminado imponiendo en el lenguaje cotidiano y que, sin querer, se han naturalizado y han ido moldeando nuestras ideas de forma inadvertida y peligrosa. Me pasa, por ejemplo, con la odiosa expresión de “recursos humanos”. Lo que antes eran trabajadores, ahora se llama “recursos humanos”, en una operación de redenominación y desplazamiento semántico que no es inocua ni está exenta de ideología. Se trata, en efecto, de conceptualizar a los trabajadores, que son personas y ciudadanos con derechos, como mera mercancía destinada a producir, como mero recurso para un fin mayor. O sea, en cosas u objetos de usar y tirar.
…………Las palabras no son inocuas, repito. Lo sabía Antonio de Nebrija, cuando iniciaba su célebre Gramática con un bello proemio sobre la importancia de la lengua como instrumento de la política imperial, y lo sabía Viktor Klemperer, cuando realizó su fantástico estudio sobre las transformaciones del alemán al calor de la política del Tercer Reich: LTI-Lingua Tertium Imperii. Lo saben hasta los chinos, cuya lengua suele representar los conceptos que tienen que ver con la inteligencia mediante ideogramas que originalmente fueron una oreja estilizada, mientras que en el ámbito occidental asociamos el conocimiento con la visión: de ahí, ‘teoría’, que deriva del griego ‘theorein’, ‘observar’, y de ahí que el profesor pregunte, al terminar la lección, si lo que ha explicado se ve o no se ve.
…………Por eso, y regreso por fin al punto de donde arrancaba, me subleva hasta el infinito la mamarrachada de la marca España. Porque nos envuelve otro poco más, por si no fuera ya suficiente, en la maldita retórica empresarial de la que estamos rodeados, porque define a un país con instituciones, con derechos y con personas que viven, trabajan y aman dentro de sus fronteras como un producto consumible, como un bien que se pondera en función de absurdos criterios comerciales. Porque nos arrastra de cabeza a esa desagradable forma de hacer política que estamos construyendo, en la que a uno no le toman en serio si no menciona alguna de las palabras mágicas: liderazgo, competitividad, productividad.
…………Si a ustedes les parece exagerado este berrinche, lleven la idea de la marca España hasta sus últimas consecuencias. Si España fuera una marca, como dicen, ¿hasta dónde habría que llegar para colocar dicha marca en la competición global en la que supuestamente concurrimos? ¿Qué habría que hacer para que el mundo nos comprase? ¿Deberíamos especializarnos en ser un chiringuito al estilo de la Cuba de Batista y servir de casino y burdel para la aristocracia acaudalada del mundo? Esta parece ser la opción del trío de Esperanza Aguirre, Ignacio González y Ana Botella para la Comunidad de Madrid, prostituido en los brazos del seboso magnate Sheldon Adelson y su vomitivo proyecto de Eurovegas, pero también era la opción del engreído Artur Mas, que intentó lo propio para su Ciudad Condal y se llevó las calabazas del gran empresario, más seducido por la caspa madrileña que por la barcelonesa.
…………Pero la caspa al final es caspa, y la porquería al final es porquería, venga de donde venga. Con esto de la marca España, precisamente, también nos están queriendo decir que seamos patriotas y que no ensuciemos nuestro nombre, que nos comportemos como se debe y no aireemos trapos sucios, que lo importante, nos dicen, es remar juntos en una misma dirección. Y así, de la caspa española pasamos al fantasma español, a esa especie de constitución hidalga que llevamos impresa en nuestro ADN cultural y que ha movido al Ayuntamiento de Barcelona a iniciar un plan para disfrazar el vergonzante hecho de que muchos locales comerciales del centro de la ciudad se han visto obligados a cerrar y colgar el cartel de “Se vende”. Así que la idea es que, para no ser la comidilla de los extranjeros y no perjudicar la marca España —o la marca Cataluña, o lo que coño quieran vender— van a pintar y adecentar las persianas bajadas del centro para que quede todo muy bonito y no dé mala impresión.
…………A mí esto me recuerda a uno de los episodios más célebres del Lazarillo de Tormes, en el que uno de los dueños del pobre Lázaro, un hidalgo de tres al cuarto venido a menos y muerto de hambre, se paseaba por las calles con un palillo de dientes en ristre, simulando limpiarse la dentadura de la inexistente carne que llevaba meses sin poder comer. Pues igual nosotros con la marca España: pongámoslo todo bonito, adecentemos los centros históricos a base de engañar al personal, de echar a patadas a los miembros del 15-M de las plazas, o de aburguesar los barrios céntricos llenándolo todo de Starbucks, Zarasy sitios ‘cool’, mientras la gente de a pie se larga a las afueras para poder vivir —cuando no emigra al extranjero— y mientras la casta de los políticos se enriquece a manos llenas, a base de un estado de corrupción esclerotizado e impune.
…………Eso sí, no incidamos mucho en esto último, porque alguien podría leerlo y la marca España podría salir perjudicada.

Luis Lloredo

Profesor e investigador. Me dedico a la filosofía política y la filosofía del derecho.

1 comentario

  • Responder agosto 23, 2013

    Julia

    Ay, qué cierto! Me ha gustado mucho Luis, enhorabuena!

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