¿Cretinos y malafollás o simplemente ovejos?

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Ignazio Marino, Roma

Mi amiga Antonella es una mujer de armas tomar. De madre venezolana y padre italiano, corre por sus venas lo mejor (y lo peor) del Caribe y del viejo Mediterráneo. Es temperamental. Uno diría que su persona recuerda a una mezcla explosiva entre Sofía Loren y Ana Magnani, aderezada con una generosa dosis de especias caribeñas.

Antonella es fascinante, con una cultura y un saber estar exquisitos. Se ha formado en varias universidades y ha trabajado, incluso, en las bibliotecas del Vaticano. En la actualidad, se encarga del archivo de una familia principesca en la población de Frascati, a una treintena de kilómetros de Roma.

Entre otras muchas cosas, le debo a Antonella un paseo inolvidable por Subiaco, patria de san Benito de Nursia y de Gina Lollobrigida. Ahí es nada. Con mi amiga recorrimos el impresionante monasterio del Sacro Speco, fascinados por la belleza del entorno y hechizados por el español cuajado de italianismos con el que nuestra cicerone nos desgranaba la historia de san Benito y las bellísimas pinturas murales.

Inolvidable, también, aquella comida en Tívoli, bajo una glicina centenaria, arrullados por las ruinas del templo de Vesta y escuchando al Aniene precipitarse en la cascada artificial de la Villa Gregoriana.

Como buena muestra de hibridez de razas que pulula por sus arterias, mi amiga es fuego a la hora de expresar su parecer sobre algunos personajillos que no se destacan, precisamente, ni por su sentido común ni por su integridad. De este modo, ponía como chupa de dómine a su extinto presidente Chávez cuando aquél cometía alguna barrabasada. Al mismo tiempo, despotricaba contra el inefable Berlusconi, argumentando que éste de ‘cavaliere’ sólo tenía las herraduras de su rocín.

Antonella anda muy disturbada. El alcalde de la capital italiana, un tal Marino, ha querido dejar huella de su mediocre figura. Tras 2.768 años llamándose Roma, ahora, el regidor, agilipollado sin duda por la nueva moda del bilingüismo, le cambia el nombre y decide que se llame Rome. Así, en inglés. Que eso del latín y del italiano está ya muy apolillado. ‘For the gods of my mother’.

Después de 2.524 añazos siendo representada la ciudad eterna por el escudo de una loba amamantando a dos gemelos y el emblema SPQR (que —permítanme, presunto señor Wert y resto de diputados y ministros— no significa “San Pedro Quiere Rosquillas”), decide el zutano Marino que la urbe sea encarnada por un anodino escudo en tonos granate y amarillos, con la inscripción “RoMe & You”. Nada de gemelos ni lobas. Coronando el escudo Marino, cinco bolas granates y amarillas, que algunos conciudadanos suyos ya llaman “las pelotillas del «sindaco»”. Para mear y no echar gota, ‘Mary Pury of my Loves’.

Por supuesto, la ítalo-venezolana eleva a los altares de la ignominia al susodicho. De cretino no lo baja. Intento consolarla, aunque sé lo de que “mal de muchos, consuelo de tontos”: de cretinos también andamos bien servidos en las altas esferas de España. Me viene a la cabeza, ‘verbi gratia’, el caso de aquel consejero de mi autonomía que fue ungido como tal por ser sobrino de una prima hermana de la parienta del Presidente que caciqueó a los suyos durante dos decenios. El interfecto hizo una marinada antes de que se supiera del actual alcalde de Roma: su consejería iba a ser, desde su unción, de Cooltura, y su región, ‘non typical’. Esto lo pilla Belén Esteban y hace una trilogía: Cincuenta Sombras of the Consejero y Hotras (con ache) Tantas of his Tito. ‘For the Virgen of la Fuensanta!’

La también eterna Granada, aparte de la poesía de sus calles y lugares, ha acuñado el término ‘malafollá’. Se lo aplican a aquellos que hacen gala de su mala hostia y peor bilis de forma gratuita. Cuando uno es cretino, a la vez que malafollá, y tiene poder, tiembla España. Pobre de ti; de nuevo te van a helar tu malhadado corazón.

¿Cómo motejar la mala baba del ministro Montoro, que, saltándose a la torera el secreto que, se supone, ha de respetar Hacienda para los contribuyentes, no duda en airear los supuestos pecados fiscales de Monedero y de cualquier otro que amenace el ‘status quo’ de los afectos al Partido Popular? ¿Por qué no guarda la misma incontinencia verbal en relación a “los pecadillos” del difunto Botín y otros ilustres de la lista Falciani o de los que se beneficiaron de la amnistía fiscal, con la que este Gobierno dejó claro para quién iba a gobernar?

¿Quién no se solivianta viendo al ministro De Guindos convertirse en paladín de la austeridad teutona y postularse como verdugo de una Grecia que quiere recobrar su dignidad plantándole cara a las hordas neoliberales, personificadas por las marionetas de Merkel y la Comisión Europea? ¿Tal vez lo que pretenden ocultar los de Rajoy es que han traicionado a su nación con su actitud rastrera y colaboracionista a la hora de fustigar a los más débiles de sus conciudadanos, siguiendo el paso de la oca dictado por Bruselas y Berlín? Dejan pasar así la oportunidad de alinearse con una Grecia hundida y humillada hasta extremos que no soportaría ningún alemán, danés u holandés. ¿Han olvidado acaso los del PP europeo que una nación pisoteada, sin esperanza ni dignidad, engendra monstruos? ¿Ha arrinconado Merkel que la saña con la que se trató a Alemania tras la Primera Guerra Mundial nutrió al nazismo? ¿O es que Hitler era también griego?

¿Por qué mienten sobre la deuda que Grecia ha contraído con los españoles? ¿Por qué no informan a la nación del débito que Bankia y otras cajas de ahorros rescatadas tienen para cada uno de los españoles? ¿O de los fondos destinados a compensar a los de Florentino Pérez tras su pufo del Castor? ¿O de las fortunas públicas derrochadas por alcaldes y autonomías, del PP y del PSOE, en aeropuertos sin aviones, líneas de AVE con paradas en los cortijos de los señoritingos, palacios de congresos y otras faraonadas en mitad de la nada? ¿No airean estas deudas, quizá, porque algunos de entre los suyos son los culpables? Mal andamos.

El tragediógrafo Sófocles, mira tú por dónde, un griego de hace más de dos mil quinientos años, con una preclaridad pasmosa, nos dio la clave para comprender cuál es el ‘leitmotiv’ que empuja al PP y al PSOE europeos: el dinero, la moneda, el maldito parné: “Entre los hombres nada, ninguna institución ha prosperado nunca tan funesta como el dinero: él destruye las ciudades, saca a los hombres de su patria; él se encarga de perder a los hombres de buenos principios, de enseñarles a fondo a instalarse en la vileza; para el bien y para el mal igualmente dispuestos hace a los hombres y les hace conocer la impiedad que a todo se atreve. Cuantos se dejaron corromper por dinero y cumplir estos actos realizaron hechos que un día, con el tiempo, tendrán su castigo”.

Emociona constatar qué bien conocía el vate de Colono el alma  de los que se denominan neoliberales. Así lo manifiesta en los versos arriba citados, pronunciados por el tirano Creonte en Antígona. Por cierto, no les vendría mal recordar a los creontes de hoy, travestidos en los Merkel, Schäuble, Rajoy, Montoro y De Guindos actuales, que los dioses acabaron castigando de forma despiadada la ‘hybris’, la soberbia, rayana con la impiedad, la inflexibilidad fundamentalista.

Grecia nos ha dado eternas lecciones de saber resurgir de entre sus ruinas. Como diría Theodorakis, ha sido capaz de sobrevivir a medos, romanos, turcos, nazis y a los mismos griegos. Ha sabido resistir a la adversidad y darnos lecciones de dignidad y amor a la vida. Seguro que sabrá sobreponerse a los bárbaros centroeuropeos. Lo triste es lo solos que los estamos dejando desde esta Europa ingrata, vendida al tenebrismo democristiano y socialdemócrata.

¿Qué causa lleva a millones de ciudadanos españoles a perdonar la arrogancia de los populares? ¿Sus corruptelas? ¿Su servilismo europeo? ¿Su despotismo analfabeto? ¿Su falta de empatía hacia los que más sufren? ¿Su creerse por encima de la ley? ¿Por qué los siguen premiando con su voto, con su confianza, cuando dejan claro que van a acabar con el estado de bienestar y que codician lo público, a fin de que los suyos hagan negocio con ello?

Desdichada España cada vez que un cretino malafollá se crece y se vuelve ovejo. ¡Cuánta razón en tus rústicas palabras, amigo Peribolo!

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