Sólo un profesor

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profesor asesinado

Era el primer día tras las vacaciones de primavera, sobre las diez de la mañana. No tenía clase. Andaba preparando material para las sesiones siguientes. Un estruendo rasgó la rutina de aquella mañana lectiva. Los profesores que estábamos en la sala nos quedamos estupefactos.

Subimos tres al primer piso. De allí, del aseo de los chicos, provenía la explosión. Salía humo de debajo de la puerta. Quise entrar abriendo de una patada: no sabíamos si había algún alumno dentro. Un compañero, con el doble de sensatez que yo, me frenó. Abrir con brusquedad podía avivar el incendio.

Procedió con cautela. Pudimos entrar los tres. Una humareda tóxica, negra como la conciencia de algunos, llenaba la estancia. No veíamos apenas. Gritábamos para hacernos oír por si alguien había quedado herido.

El fuego venía del cuarto de los limpiadores, separado del de los alumnos por un tabique. Las llamas casi superaban la altura de un hombre. Hubimos de salir para poder respirar y buscar un extintor.

Nunca he sido valiente. Al contrario, me considero una harpía cobarde y renegona. Cuando mis dos compañeros, que habían roto de una patada el cristal que protegía de gamberradas el extintor, volvieron a entrar, sólo me atreví a seguirles hasta la puerta. Las llamas se habían multiplicado. En ese momento entró el director. Al percatarse de la gravedad de la situación, nos instó a que saliéramos.

Lo seguí y me concentré en ayudar a mis compañeros a evacuar el edificio. Por la pared exterior del aseo pasaban las tuberías de gas que alimentaban las máquinas de los laboratorios del segundo piso.  En menos de tres minutos, el instituto quedó evacuado. Más de mil personas puestas a salvo en la explanada exterior.

Mis dos colegas, tras tomar aire, volvieron a entrar con la obsesión de extinguir las llamas. El director los siguió gritándoles que desalojaran. Que los bomberos ya estaban en camino. Por vergüenza, contuve mis impulsos de salir corriendo escaleras abajo y unirme a los demás en la calle. Aguardé en el rellano a que salieran.

Al fin, se reunieron conmigo, renegando de que ellos habrían podido apagar por sí solos el incendio. Cerraron la puerta y apenas anduvieron dos pasos. Una nueva explosión, no tan fuerte como la primera, surgió de dentro. Creo que nunca he corrido más bajando unas escaleras.

Ya en la calle, me percaté de la gravedad del estallido. Un boquete se veía en donde estaba la ventana, que se había precipitado al patio con su marco metálico. Los dioses nos habían sido propicios: veinte minutos después, aquel espacio habría estado lleno de estudiantes en su tiempo de recreo. Una tragedia sin paliativos.

Poco tiempo necesitaron los bomberos para controlar la situación y notificar a la policía que el incendio había sido provocado. Al cabo, supimos que un zurriago había arrojado una colilla por la rejilla de ventilación del cuarto de limpieza. El cigarrillo cayó en el carrito, en el que los limpiadores guardaban los productos químicos que usaban a diario. De ahí, las explosiones y el humo tóxico.

Fui consciente de que mis compañeros se habían jugado la piel, intentando constatar, en primer lugar, que no había nadie herido y, luego, apagar el fuego para que no alcanzara las tuberías de gas. De que yo estaba tras ellos y de que había podido correr una suerte pareja. Cosa que, en frío, acabó causándome casi una descomposición.

Días después, fuimos sacudidos por la noticia de que un profesor había sido asesinado por un alumno en un instituto de Barcelona. Una mano anónima pintó en la pizarra, en la que los jefes de estudio nos notifican reuniones y demás, un lazo negro con las letras “BCN”. Un par de colegas, antes de entrar a sus siguientes clases, se detuvieron ante él, diciendo ‘sotto voce’: “Va por ti, compañero”.

A la mañana siguiente nos volvimos a reunir en el patio las mil almas que poblamos el Ingeniero. Nuestro director había convocado un minuto de homenaje al docente caído en su puesto de trabajo. Ciertos alumnos, cautivos de la ausencia de empatía y del no saber estar que les confería su falta de educación, bromeaban entre sí. La mayoría supo comportarse. Algunos golpearon afectuosamente las espaldas de sus profesores, al acabar el acto, intentando mostrar su solidaridad.

Mientras rendíamos nuestro humilde tributo al fallecido, me vino a la memoria la figura de aquella maestra norteamericana que, en una de las frecuentes masacres colectivas que acosan a su nación, murió al intentar proteger a sus alumnos, de cinco años, si no me equivoco, a los que había encerrado en un armario y cubrió con su cuerpo de los disparos del criminal.

La maestra americana mostró un heroísmo, una generosidad gemela a la que hubo de afrontar el docente catalán. Éste, Abel Martínez de nombre, murió al salir al pasillo a atender a una compañera herida, al mismo tiempo que intentaba impedir que el asesino entrase en su aula, en la que más de veinte criaturas se cobijaban.

Por desgracia, y debería ser también para vergüenza nacional, la mayoría de los medios, que representan a la sociedad en la que vivimos, se volcó más en la figura del presunto asesino, en sus circunstancias psíquicas y vitales, que en el papel desarrollado por Abel y por el otro héroe accidental de esta tragedia, el profesor de Educación Física y pedagogo, que consiguió desarmar al adolescente con sus palabras, haciendo revivir en aquél al niño que dormía en su mente perturbada.

Si Abel hubiese sido uno de los tarugos que protagonizan Gran Hermano o Supervivientes, o un jugador de un equipo de élite de la liga de fútbol o un tertuliano de un programa de telebasura, el país entero se habría conmocionado. Se habrían puesto en marcha cadenas solidarias, tan vacuas como ciertos cerebros, y hasta se habrían organizado funerales de Estado.

Pero no. Abel era sólo un profesor. Un mísero profesor. E interino, para más inri.

Aun así, gracias por tu ejemplo. Va por ti, compañero. Pluga a los dioses que tu muerte no haya sido en vano.

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