Las verdades del barquero

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Podemos, Partido Popular, Partido Socialista

Hace tiempo confesé que una de las personas que más influyó en la vida de esta harpía fue mi Maestro. Me enseñó a escribir y a leer a comienzos de los setenta del siglo pasado y lo volví a tener desde sexto hasta octavo de EGB. De él aprendí su compromiso con la educación pública, su amor por la historia, las matemáticas y la lengua, su respeto para con sus alumnos y las familias de éstos. Y, sobre todo, a intentar ser una persona honesta y cabal.

Por los avatares del destino y ley de vida, lo perdí de vista durante muchísimos años y no fue hasta que comencé a enseñar como profesor que valoré en sus justa medida todo lo que mi viejo Maestro me había enseñado. Fueron él y mi ‘Magister’ Raimundo quienes me predispusieron para que dirigiera mis pasos hacia la enseñanza pública.

Así, cuando regresé a mi ciudad natal, más de tres décadas después de haber recibido sus enseñanzas, moví cielos y tierra a fin de poder reencontrarlo y confesarle el papel crucial que había tenido en mi vida. Sabía que se había trasladado a mi población, que también era la suya, desde el pueblo serrano en el que me enseñara, pero también que no me iba a ser fácil encontrarlo entre los seiscientos mil habitantes de la urbe y pedanías.

Los dioses me sonrieron. Pude reencontrarlo en el mismo año en el que se iba a jubilar. Para estupefacción mía, después de treinta años y miles de alumnos a sus espaldas, me reconoció, acordándose, no sólo de mi intrincado nombre, sino hasta de toda mi familia.

Su esposa, que varias veces me dio de merendar allá, en el pueblo, con una ternura y simpatía entrañables, se encontraba gravemente enferma por un cáncer de páncreas. Fue muy impactante volverla a ver: antaño estaba más bien entrada en carnes, siempre con unas mejillas lozanas y sonrosadas. Cuando la reencontré, no era ni la sombra de lo que fue, consumida por la enfermedad. Pero conservaba su sonrisa: aún me recordaba como aquel glotón que tanto le agradecía sus tortas de manteca.

Salvando mis impulsos egoístas de rehuir la dureza de la enfermedad, pude acompañar a mi Maestro, aun en segundo plano, en la agonía y muerte de su mujer, con la que llevaba casi cincuenta años.

Han pasado ya doce desde el fallecimiento de su amada. Sus hijos se fueron a vivir sus vidas, quedándose él solo en su hogar. Con frecuencia me recita a Machado y sus versos: “Soledad, mi sola compañera”.

Sus vástagos trabajan en el mundo sanitario, con turnos que van cambiando cada semana, por lo que muchas veces pierden la noción de en qué día se encuentran. Por ello, están menos tiempo del que quisieran con su padre. Sabedor, por la parte que me toca, de que tanto mi Maestro como mi ‘Magister’ han sido “mis padres intelectuales”, hago todo lo posible por llamarlo una vez a la semana y, si se da el caso, voy a compartir con él “un puñao de torraos” y un porrón de vino, siempre del de la Machacanta, un Jumilla a granel, envejecido en barricas, capaz de tumbar al mismo Baco.

Mi Maestro es hombre de costumbres, a las que intenta aferrarse para vencer su soledad. Todas las mañanas acude a la misma cafetería a tomarse un belmonte y media tostada de aceite. Luego compra el Marca. Cada vez que lo veo con el diario, me meto con él, diciéndole que otro gallo nos cantaría en este país si el periódico más leído fuera otro.

Suele leer el deportivo en su terraza, rodeado de macetas con flores, su tercer amor, tras las mujeres y el vino. Después de sus nietos, claro.

A sus setenta y siete años aún conserva la elegancia y coquetería con la que lo conocí: mantiene su planta imponente (a sus alumnos nos sobrecogía su metro ochenta y la corpulencia de su tórax de toro, sin un gramo de grasa) y se viste de punta en blanco cada tarde para dar su paseo habitual. A eso de las cinco y media ya está en la calle. Se dirige, primero, a una iglesia para charlar un rato con sus vírgenes. Pagano como soy, me conmueve cuando me cuenta que le ha reñido a la del Carmen porque ha consentido que los terroristas maten a alguien o que un político robe lo que no está escrito. Que le ha echado un piropo a la de la Arrixaca (una deliciosa talla medieval a la que cantara Alfonso X, el Sabio), porque su nieto mayor ha sacado un diez en los exámenes. Que le ha mandado saludos a su esposa a través de santa Teresa o de san Antón.

Luego, ‘pian pianino’, marcha hacia el bar en el que le dieron “posada” y cariño años ha. Allí mata su soledad charlando con los dueños y los clientes habituales, entre los que hay también otros náufragos de la vida.

Los dueños siempre lo tratan con una humanidad y un respeto encomiables. Bromean con él sobre que cada tarde acude al bar un cortejo de viudas y solteronas, algunas aún de buen ver, y que mi Maestro les eche algún que otro requiebro o les cante una de sus coplillas.

Una de esas viudas, hablando de la situación social del momento, le espetó a mi mentor, que, aparte del suyo, aún conserva el que fuera hogar de su madre: “Prepárate, que el de la coleta te va a quitar la casa de tu madre. Dicen que, si gana, les van a quitar a todos su segunda vivienda y se la van a dar a los moros”. Anonadado, le pregunté a la buena señora dónde había escuchado eso. “En el centro de mayores municipal. Lo dicen los que trabajan allí”, me respondió mientras apuraba su café con leche, descafeinado de sobre. “Es verdad”, apuntilló otra de las viudas, “En la COPE han dicho que el de la coleta también quería prohibir la Semana Santa y la Navidad”. “¿Quién es el de la coleta?”, preguntó mi Maestro. Al responderle las viudas que el Iglesias, mi amigo alegó que él los esperaría en casa de su madre con una escopeta, a ver si tenían valor a despojarlo de lo que era suyo. “Tal vez se tengan que ir con el rabo entre las piernas y con la coleta cortada. Anda, ponme otro palmero”, zanjó aquél.

Cuando, a comienzos de los años ochenta, se respiraba que el Partido Socialista de Felipe González se iba a hacer con el poder, los de la derecha franquista, aterrorizados ante la perspectiva de perder privilegios y de que se le reclamaran responsabilidades por la reciente dictadura, expandieron entre la población el miedo. Les decían a los mayores que les iban a quitar las pensiones, que iban a quemar todos los pasos de Semana Santa, que las iglesias las iban a usar como canchas de baloncesto y otros disparates más.

Más de treinta años después, los neofranquistas vuelven a atizar el pánico entre los mayores y las personas con menos formación. Ahora, el demonio no es Felipe González (que, hoy por hoy, se ha convertido en un esperpento de lo que fue y se ha unido al coro de los amedrentadores): en la actualidad, el diablo es Pablo Iglesias, el de la coleta, y su corte diabólica de Podemos.

Un sector importante de nuestra población, bien informado por medios digitales y audiovisuales, está más que harto de la escalada de recortes sociales defendida por los sicarios de la Troika de Merkel y Juncker. Hastiados de la putrefacción que envuelve a los dos grandes partidos que se vienen turnando en el poder, más arraigada, por lo que se ve, en el Partido Popular, dados los innumerables casos de corrupción que se van aireando.

Puede que el mensaje de la izquierda cale en el electorado joven y en el sector de la población más letrado, pero el mayor porcentaje de ciudadanos de este país sólo se informa a través de charlas de bar, conversaciones de peluquerías o residencias de mayores, sermones desde púlpitos o sacristías o tertulias radiofónicas y televisivas. Por ello, la izquierda debería dejarse de elitismos y bajar a la arena en esos lugares antes mencionados y explicarle a esa porción de la ciudadanía con menos acceso a la información veraz y contrastada lo que es, de verdad, el PP y lo que éste y el PSOE han hecho los últimos años y, en especial, lo que quieren hacer con sus políticas.

Mi Maestro es un buen hombre, que nació en la guerra y en el seno de una familia humilde, y hubo de abrirse camino a uñas y dientes en situaciones durísimas. Tras cuarenta años de ir evangelizando a niños en su escuela, en varias provincias hispanas, disfruta de una jubilación más que merecida. Lo mismo cabría decir de sus amigas viudas o solteronas. Por todos ellos, porque se han dejado la piel para conseguir una España mejor, es urgente aclararles lo que pretende el PP de Rajoy, siguiendo los deseos de la Europa de Merkel, Finlandia y los Países Bajos.

Merecen que se les diga que el Alcalde, que paga a los sujetos que van sembrando el miedo al de la coleta, está imputado por haber escamoteado, presuntamente, millones de euros a sus vecinos. Que el ex Presidente del gobierno autonómico del PP, que lo apoyaba, se pulió, en un fin de semana, miles de euros del erario público durante un viaje a todo tren a Venecia, al que se llevó a su mujer, justo cuando dejó sin paga a sus funcionarios y despidió a miles de trabajadores interinos. Que esos presuntos señores y señoras imputados, a los que su partido mantiene para vergüenza de las personas honestas, lo están porque se sospecha que han estafado al pueblo al que, se supone, deben servir. Que estas acciones les afectan a ellos a la hora, por ejemplo, de no poder ser operados a tiempo, ya que las listas de espera son casi eternas. El dinero que sus gobernantes han detraído o han desviado para pagar aeropuertos sin aviones y otras faraonadas ha impedido que se contraten más médicos y enfermeros que ayudarían a reducir las listas de espera y a no tener que dejar a cientos de pacientes arrumbados en los pasillos de los hospitales.

Una de las viudas de la tertulia tiene una hija de veintipocos años que, a pesar de ser graduada universitaria, trabaja en una cadena de comida rápida, diez horas diarias, seis días y medio a la semana, por cuatrocientos cincuenta euros. Esa señora necesita saber que eso es posible gracias a la reforma laboral propuesta por los de Rajoy. Que no se deje engañar porque desde la COPE y otros medios de la carcunda les digan que baja el paro: la mayoría son trabajos basura como el de su hija, por los que te pagan por cinco horas y te hacen trabajar diez. Que sepan que, así, no sólo están condenando a la desesperación del paro o de empleos infames a nuestros jóvenes, sino que además se están perjudicando ellos mismos: con los actuales contratos y sueldos, sus hijos no podrán cotizar lo suficiente para mantener pensiones y servicios públicos esenciales.

Hay que decirles que lo que les han quitado en Sanidad y en Educación lo han destinado para tapar los agujeros que abrieron sus amigos de los bancos. Hay que hablarles de los miles de ciudadanos que fueron estafados con lo de las preferentes y contarles las orgías que se corrían los directivos y consejeros de ciertas entidades bancarias, a las que tuvieron que rescatar con el dinero que les hurtaron a ellos.

Es justo que sepan que los de Rajoy han tirado de la hucha que se formó para pagar las futuras pensiones y que en 2019 se acabará ésta de seguir este ritmo. Explicarles que los de la derecha han visto un negocio en los fondos de pensiones y que no pararán hasta agotar las públicas. Que lo que pretenden es que sus colegas de los bancos hagan negocio con estos fondos y, para ello, han de asegurarse de que las pensiones públicas sean tan escasas que obliguen al que no quiera vivir de la caridad a hacerse uno privado.

Otra de las viudas no para de alabar lo listo que es su nieto. Nuestro bar está en una barriada humilde, por lo que sólo hay un colegio público. Esta señora tiene derecho a conocer que el PP ha encargado al ministro Wert que haga todo lo posible para que sólo pueda cursar estudios superiores la gente de posibles. Que para ello van a convertir los centros públicos en centros asistenciales, a los que sólo vayan los que no quieren en los colegios, institutos y universidades privados o los que no tengan dinero para pagar éstos. Que su nieto, tal vez, no pueda ir a la universidad porque le van a negar las becas con las que estudiaron sus padres. Que lo que desea el Gobierno es que haya menos graduados. Le hará menos gracia si ve que el niño de sus ojos es forzado a emigrar a un país de Europa o América para encontrar un empleo digno.

Mi Maestro, cuando sus dos hijos se quedaron sin paga por decisión de Montoro y Rajoy, con el aplauso y mofa de los suyos en el Congreso, pilló un berrinche y les dio un modesto “aguinaldo” a fin de compensar el atraco gubernamental. Él tiene derecho a saber que antes de esto se hizo una vergonzosa amnistía fiscal para perdonar a cientos de afectos al partido que habían estado robando al Estado.

Ellos deben conocer que el PP pretende imitar el sistema sanitario norteamericano, privatizando hospitales y centros de salud. Advertirles de que esto significa que sólo serán atendidos en un hospital los que puedan pagarlo. Contarles lo que la Troika ha obligado a hacer en Grecia y tiene pensado exportar a España: dejar sin cobertura sanitaria a casi un treinta por ciento de la población. Quizá no les guste conocer que, si las empresas sanitarias favorecidas por la privatización piensan que ellos ya han vivido mucho y no les son rentables, los van a dejar tirados y sólo podrían ser atendidos en centros de beneficencia. O ni eso.

Han de pensar, si no, en que millón y medio de funcionarios, afiliados a la Mutualidad de Funcionarios Civiles del Estado (MUFACE), han perdido el derecho a ser atendidos por las compañías sanitarias con las que tenían concertada su atención cuando deban ser tratados por enfermedades tales como cáncer y problemas de corazón. Si han de someterse, por ejemplo, a una quimioterapia, ven rechazada la autorización para ella y han debido o buscar un hospital en otra localidad, o pagar para recibirla, en momentos tan complicados para el enfermo. Cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas a remojar.

En un país normal, el millón y medio largo de funcionarios afectados por estos recortes despiadados no debería volver a votar jamás al partido que ve la Sanidad como un negocio para sus afines, indiferente al sufrimiento de enfermos y familiares.

Los contertulios de mi maestro y sus allegados han de saber que, cuando se vean impedidos por la edad o la enfermedad, sus familias no podrán contratar a nadie que los asista, pues el PP, pensando en el campo de negocio que se abre para algunos amigos, ha decidido recortar también en prestaciones sociales.

Tal vez, cuando a este sector de la población se le digan las verdades del barquero, comprenderá que al que tienen que temer es al de las barbas, en vez de al de la coleta. Aunque el tercio largo de compatriotas que no lee un libro, más el otro tercio que sólo lee el Marca y a Belén Esteban, auguran un futuro tenebroso bajo la égida de la gaviota hispana y el águila alemana.

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