Ni olvido ni perdono

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no nos representan

Tiempos de fábula estamos viviendo. Zorros y lobos visten de cándidos corderillos. Cuervos, gaviotas y buitres se disfrazan de tiernos gorrioncillos. Faescistas y semejantes catervas de neoliberales se tiñen de salvadores de lo público. Los populares intentan caracterizarse como honestos y ejemplares demócratas. Puede que vuelvan a engañar a los millones de ingenuos suficientes como para seguir aferrados al poder y terminar de apisonar las pocas trabas que aún les ponen, a fin de que les dejen saquear a gusto el país, tal y como confesó, en un alarde de sinceridad, Mari Recortes de Cospedal.

Han venido sembrando el camino para ello desde tiempos de Felipe González, con leyes educativas que fomentan la imbecilidad, la abulia y la desidia, comenzando en la maldita LOGSE hasta llegar a la pérfida LOMCE (tiene bemoles que los dos peores ministros de Educación hayan sido dos sociólogos “reputados”, los infaustos Maravall y Wert).

Entre todos han conseguido crear, a su imagen y semejanza, una sociedad indolente, hedonista y acomodaticia, que delega en una élite, putrefacta y rastrera para con los poderosos, las responsabilidades de gestionar lo común. Una casta extractiva que sólo persigue vampirizar lo público en provecho propio o de sus afines, ahora o en el no muy lejano porvenir.

Es posible que vuelvan a sacar provecho del entontecimiento con el que han embrutecido a la sociedad, a base de partidos de fútbol a diario, programas de cotilleo en horas de máxima audiencia y semejante basura. Tal vez obtengan los escaños suficientes, propios o de los otros cachorros de la FAES, para acabar con el estado de igualdad que queríamos construir en esta maldita España. Tal vez consigan consolidar el regreso al pasado franquista con una oligarquía privilegiada, sustentada por una masa proletaria e iletrada, amordazada y humillada, para que agradezcan el chusco de pan y el partido de fútbol que les arrojan, con la intención de que no les ladren y exijan más derechos.

Pero yo ni olvido ni perdono sus años de tropelías, su prepotencia, su desprecio por los sufrimientos que sus políticas causaban.

No olvido la amnistía fiscal que Montoro parió para los que habían defraudado al fisco, robando a sus propios vecinos. A la que se acogieron, entre otros, algunos prebostes del Partido Popular, cuyos nombres se niegan a dar, a fin de que los españoles no sepan a quiénes van a confiar sus votos. No perdono a la Vicepresidenta diciendo que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades y que nos teníamos que concienciar de que nuestros hijos iban a vivir peor que nosotros. No olvido al defenestrado Gallardón, pontificando desde su púlpito que gobernar era repartir dolor. Ni que ha convertido la justicia en un privilegio al alcance de los adinerados. No perdono la impasibilidad de los populares ante los dramas de los desahucios. Ni mucho menos, y por más inmoral, que hayan vendido muchas viviendas hipotecadas a fondos buitre (para los que, entre otros cachorros de los de “la gente bien”, trabaja el vástago de los Aznar-Botella). No olvido que fue, precisamente, el siniestro Aznar quien sembró el germen de la burbuja inmobiliaria, creando, desde su mediocridad, un país de albañiles que se creían constructores y de chorizos que se las daban de banqueros o políticos. Quien engañó a la nación entera y la arrastró a una guerra por intereses petroleros, cuyas consecuencias pagaremos durante decenios. No perdono que algunos ministros del Gobierno aznarista hayan robado a los ciudadanos, a los que, es presunción, debían servir, mediante el fraude fiscal u otros amaños de economía rufiana. Ni mucho menos que esos villanos se hayan beneficiado de la amnistía fiscal del Gobierno de Rajoy, pagando sólo el tres por ciento de lo que han escamoteado a Hacienda. Que somos todos y cada uno de los españolitos de a pie. Ni olvido ni perdono que hayan puesto en cargos clave a adeptos del Opus Dei y otras facciones ultracatólicas, haciendo que sus políticas autoritarias y fundamentalistas afecten al resto de sus súbditos, cuando, es un suponer, vivimos en un estado aconfesional.

No olvido que populares y socialistas les han robado a sus conciudadanos la democracia, haciendo que éstos vean la política como ajena a su vida diaria y que deleguen en una panda de golfos apandadores el desempeño de los cargos públicos. Lo cual nos convierte en súbditos en vez de ciudadanos de pleno derecho. La política no ha de ser votar cada cuatro años para ver qué inepto nos roba mejor. No les perdono que, como postula el helenista Pedro Olalla, hayan convertido la democracia en un ellos contra nosotros, haciéndonos olvidar lo que hizo fuerte a la democracia ateniense: no se trata de ellos o nosotros. Somos todos. Todos y cada uno de los que vivimos en sociedad los que hacemos real la democracia. Los que con ella tenemos un deber sagrado.

En nuestras manos. En nuestro voto está impedir el que acaben convirtiendo este sucedáneo de democracia en una partidocracia oligárquica, donde banqueros, especuladores y empresarios del Ibex, en contubernio con la turbia Troika, sigan usando a los politicastros como marionetas, a base de tarjetas opacas, putas de alto nivel y otros alucinógenos. Mientras que ellos viven el paraíso terrenal y dejan al resto de mortales miserables migajas.

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