De perros y hombres

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el mejor amigo del hombre

Se aproximaba un período de descanso. Andaba, por tanto, alegre como unas castañuelas, cosa harto rara en una harpía cual yo. Al igual que siempre que me quiero dar un homenaje, me dirigía hacia Il Baretto a regalarme con uno de los ‘cappuccini’ que Melchiorre sabe tirar como nadie en este mísero mundo de cafés abortados aun antes de que salgan de la cafetera. Asunto que, a ojos de una adicta al café, convierte a mi amigo en cuasi un dios por ser capaz de destilar como los olímpicos el néctar negro.

De lejos, observé al siciliano fuera de su barra, en el jardín anexo. No me extrañé mucho, pues sé de su vicio de autotorturarse fumando. Lo que sí me impactó sobremanera fue que reía.

Melchiorre es también harpía ladradora. No se recata en gruñir en siciliano si alguien hace gala de mala educación en su cafetería. Despotrica del incivismo de muchos de los españoles, del desprecio con el que tratan a los que trabajan en la hostelería y del poco respeto que muestran hacia los espacios públicos. Materias en las que sólo puedo confluir con él. Para enorme vergüenza ante la rusticidad de muchos de mis compatriotas.

Por ello, ver al barista bromeando con uno de sus clientes aguzó mi curiosidad e hizo que avivara mis paquidérmicos andares.

Al italiano se le caía la baba jugando con un perro que acompañaba a su parroquiano. El animal llevaba un armatoste con ruedas que le ayudaba a desplazarse. Melchiorre entró a servirme, radiante.

Sin dejar de mirar al jardín, con luz aún en sus ojos, me contó que el joven del perro había rescatado a su mascota de una perrera, donde lo iban a sacrificar porque tenía paralizadas las patas traseras por un accidente. El chico llevó a su can a un veterinario amigo, que ideó un arnés con ruedas para que éste pudiera desplazarse propulsándose con las patas delanteras. El veterinario no quiso cobrarle nada.

El perrillo trotaba por el jardín persiguiendo la pelota que su amo le tiraba, ladrando de felicidad. No lo podía hacer por su parálisis, pero estoy seguro de que no dejaría de mover su cola mostrando la alegría que sentía al jugar con su dueño, al que miraba con la devoción con la que sólo los perros saben mirar a sus propietarios.

El muchacho había bregado con la empresa de autobuses municipal para que hicieran una excepción y permitieran subir a su animal: por su invalidez no podía andar grandes distancias. Tras arduas negociaciones, había conseguido su propósito.

Apuré el café mirando ora al joven con el perrillo, ora a Melchiorre. Éste siente devoción por los niños, los ancianos y los perros. A la izquierda de la cafetera, a modo de altar, en un lugar de honor, el italiano conserva la foto de una pastora alemana preciosa. Fue su amiga más de dos décadas atrás. Aunque ya hace ese tiempo que murió, le gusta tenerla a la vista siempre. Más de una vez lo he sorprendido contemplando la fotografía embelesado y darle un beso con la mano.

Los perros han sido parte esencial de mí. Conservo una foto ajada de los primeros meses de mi anterior vida humana. Sin saber andar, con un pañal y una camiseta de pijama, se me ve abrazado a Diana, una perra de caza de mi padre que, allí, en la aldea, me adoptó como su cachorro. Conservo otros retratos: aparece Diana, siempre vigilante, sin perderme de vista.

Mis recuerdos de aquellos primeros nueve años, brumosos las más de las veces, están acompañados de ella. Explorando barrancos y ramblas, sentados, escuchando a mi padre cantar acompañado de su guitarra. Sólo nos separábamos cuando dormía (a mi madre no le gustaba que entrara en casa) y cuando acompañaba a mi padre, su dueño verdadero, en sus correrías por el monte.

Siete años después, ya en el pueblo, volvió a haber otra Diana en mi existencia. De raza bastarda entre podenco y perdiguero, era guapa. A rabiar. No pude haber encontrado mejor compañera para los turbulentos años de la adolescencia. Sabía leer todos y cada uno de mis estados de ánimo. Cada vez que me veía abatido, apoyaba su cabeza en mis rodillas y me miraba con una ternura infinita a los ojos, como diciéndome que a ella no le importaban ni mi hechura de plantígrado ni mi voluble temperamento. Su amor era incondicional. Nada pedía a cambio. Agradecía con alborozo si le acariciaba tras las orejas, si le rascaba la panza, si la sacaba a triscar por los campos. Apenas me perdía de vista y se acercaba cada tanto a besarme con su cálido hocico o a darme una caricia con su estropajosa lengua.

Despedirme de ella, cuando trasladaron a mi padre a la ciudad y no la podíamos llevar con nosotros, fue uno de los dramas mayores que esculpieron mi devenir humano.

Crecí acompañado de canes, también, en la ficción. Adoraba a Rin Tin Tin y a Lassie. Simpatizaba con el patoso galgo que salía en la inolvidable versión infantil de Don Quijote, que dirigiera Cruz Delgado. Aparte de estar enamorado platónicamente de George (Georgina), mi personaje idolatrado de Los Cinco era su perro Tim. Reía sin tregua con la contagiosa risa de Lindo Pulgoso en Los autos locos.  No obstante, si hubo una escena que marcara mi adolescencia, fue cuando, por consejo de mi Magister Raimundus, leí la Odisea: el escueto pasaje en el que Homero canta cómo a Argos, el perro de Odiseo, que era un cachorro cuando aquel hubo de dejar Ítaca veinte años atrás, le estalla el corazón al reconocer a su dueño, aun vestido como un mendigo para no ser asesinado por los pretendientes. Todavía se me empañan los ojos al releer los hexámetros divinos y constatar cuánta sensibilidad y hombría de bien atesoraba el aedo de Quíos.

Un perro es el espejo de su amo. Si ves a un chucho histérico, ladrador y mal encarado, seguro que es porque intenta imitar a su dueño. En cambio, si se te acerca un can tranquilote y apacible, es probable que su propietario sea una persona templada y sociable.

Nadie de entre los mortales te va a amar como tu perro. Ya puedes ser un ser despreciable, que para tu animal vas a ser un dios, el jefe de su manada. En sus ojos, ningún reproche. Sólo admiración y cariño incondicional.

Por ello, abomino de esos indeseables que los maltratan. Maldigo a esos criminales que abandonan, matan o apalean a su perro cuando ya no le es útil o se han cansado de su cariño.

Me han asesinado a dos perros. Chico era un podenco feo, con la nariz partida y el rabo cortado por su anterior dueño, pero el puñetero sabía hacerse querer. Era un tenorio indomable entre las perras del pueblo. Supongo que eso le costó la vida. Tras llevar desaparecido unos días, un amigo me dijo que lo habían visto colgado de un almendro. No fui capaz de acompañar a mi padre a enterrarlo con la dignidad que se había ganado.

A Duque lo rescatamos de una perrera, al acudir a recoger un gato. Nos impactó su carilla de tristeza al saberse abandonado por sus anteriores señores. Lo habían educado para cuidar niños y, cuando veía a mis vástagos meterse a la piscina, ladraba convulsamente y gruñía a los mayores, instándoles a hacer salir a los pequeños. Era un perro tranquilo. De tan bueno parecía tonto. Estoy convencido de que, incluso, lamería las manos del hijo de hombre que entró una noche, en la que no estábamos en casa, y lo abrió en canal con una navaja.

Tana, una perrilla de lanas que nos arrojaron al jardín de cachorro, fue testigo del canicidio. No se ha sobrepuesto. Se ha vuelto timorata. Rehuye el contacto con los humanos. Sólo acepta nuestras caricias. Le gusta recostarse en nuestro regazo, sin dejar de mirarnos a los ojos, mas siempre está alerta, como si tuviera que volver a huir para salvar su vida.

El perro “minusválido” llama de nuevo nuestra atención con sus ladridos. Revolotea alrededor de su dueño, acercándosele a lamerle las manos. Melchiorre y yo contemplamos, embobados, al joven, conscientes de que estamos ante un Hombre, que, con sencillez, sin alharacas y en silencio, nos da una lección de Humanidad. Con mayúsculas.

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