Canallas

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Rajoy, Partido Popular, corrupción

Ocho de noviembre del 63 antes de Cristo. La de la víspera ha sido una noche turbulenta. En exceso. Marco Tulio Cicerón, uno de los dos cónsules del año, autoridades máximas de la Res Publica, se siente salvador de la patria. En torno a él, el pleno del Senado, convocado de manera urgente. No había tiempo. La República está en peligro de muerte: un canalla, una víbora, alimentada en el propio seno del Senado tiene presto su veneno para morder, a traición, la yugular del pueblo que lo ha cobijado.

Una terrible conjura ha sido urdida por uno de los suyos, por uno de los padres y conscriptos que lo rodean. Cicerón toma aire, mientras mira al réprobo. Allí está, en su escaño, en segunda fila: impertérrito, bromeando, incluso, con sus colegas.

Pero a él, a Marco Tulio, al que en sus inicios despreciaban aquellos engolados senadores por ser provinciano y, sobre todo, un ‘homo novus’, un ciudadano del montón, sin antepasados ilustres con cargos políticos de relevancia; a él, al que conocen como Cicerón por el apodo que durante generaciones arrostran los Tulios de Arpino; a él no lo engaña su disfraz de cordero.

Cicerón intenta taladrarlo con los ojos pero aquél, no sólo le mantiene la mirada, sino que incluso lo saluda con frivolidad. El cónsul no da crédito a la sangre fría del traidor, a que ni siquiera pueda sospechar que su nefando crimen ha sido abortado. ¿No le extraña que el Senado haya sido convocado de manera tan precipitada? ¿O es que está tan seguro del éxito de su conjura? ¿Cuántos de los que están sentados en sus escaños están al tanto?

El cónsul mira ceñudo, en primer lugar, al senador Cayo Julio César. Seguro que sabe de la conspiración aquel patricio fatuo, que se da más aires que un pavo real, ufanándose de descender de la propia diosa Venus, pero que es más pobre que una rata y ha tenido que empeñarse hasta los tuétanos para depositar la fianza que le permitía acceder al Senado.

Dirige su mirada, a continuación, hacia Marco Licinio Craso, otro aristócrata, pero éste multimillonario, aunque se dice que ha amasado su inmensa fortuna con métodos no muy ortodoxos. Cicerón no ignora que Craso ha avalado a César para que pueda hacer carrera y compre las simpatías del populacho. Conoce que ambos cortejan a la plebe, más por enfrentarse al patriciado (aunque ambos sean patricios), a los ‘boni’, a los buenos entre los padres del Senado.

Seguro que ambos conocen los planes iconoclastas del traidor y los suyos, pero no puede demostrar que estén implicados en la trama. Eso sí, han pecado no denunciando antes los hechos.

A pesar de que los braseros, vigilados por los esclavos, han sido encendidos hace horas y distribuidos estratégicamente para intentar caldear la inmensa sala de la curia, hace un helor sólo comparable al que deben de sentir los condenados en el Tártaro. Aun así, el cónsul está sudando. Sólo con pensar que a estas horas estaría muerto, junto con varias decenas más de entre los ‘patres et conscripti’ más respetables y, por ende, más conservadores. Los conjurados pensaban asesinar a los cónsules en sus propias casas. Luego, otro baño de sangre y proscripciones como con el viejo Sila y el sanguinario Mario, paladín de los populares.

Menos mal que se le fue la lengua a aquel fantoche de Quinto Curio con su puta y ésta dio la alarma al propio Cicerón, por considerarlo el más capaz de los cónsules. Los asesinos pudieron ser arrestados antes de que perpetraran su nefando crimen. Pero su cabecilla está ahí, enfrente, plácidamente sentado como si fuera ajeno a la infame conspiración. Ahí está ese maldito canalla de Lucio Sergio Catilina. Esa pústula infecta que le ha salido al Senado.

Catilina intentó varias veces ser elegido cónsul, pero perdió en todas las ocasiones ante candidatos más respetables. La última, precisamente, frente a él. Menos mal que el pueblo romano demostró su sentido común y prefirió a un hombre decente como Cicerón frente a aquel degenerado. Catilina, ese demagogo, que embaucó a la plebe y a muchos vástagos de buenas familias que estaban dilapidando su patrimonio familiar con su vida crápula. Ese antisistema que quería abolir la deuda legítima y llevar a la ruina a los respetables bancos y équites que sostenían al Estado con sus negocios. Y donaciones bajo mano. “Nihil novum sub sole”…

Lo saca de sus turbulencias una señal de su colega en el consulado, ese inútil de Cayo Antonio Híbrida, al que ha tenido que comprar para que no apoyara a Catilina prometiéndole que será gobernador de una provincia.

Todos los senadores están ya en sus ‘sellae’, preguntándose el porqué de esta convocatoria. Cicerón comprende que no puede demorar más su discurso. Lo ha tenido que preparar en unas pocas horas, sin dormir, tras abortar la conjura. El futuro de Roma, de su Roma, está en peligro. La hidra aún no ha sido descabezada.

El cónsul toma aire, intentando controlar los latidos de su corazón. Mira a su esclavo y secretario, Tirón, su mano derecha, que le sostiene las tablillas con sus notas, por si las necesita. Le da confianza: tiene fe ciega en su señor, ante él se siente como un dios.

Pide una copa de vino aguado con miel a un esclavo para aclararse la voz. Consciente de que con este discurso va a optar a la inmortalidad, se dirige hacia el centro del salón. Majestuoso. Formidable. Un reverente silencio en torno suyo. Catilina ya no sonríe. Esos canallas van a pagar sus crímenes. Todos.

Entonces, el cónsul comienza a tronar, ganándose la eternidad: “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” (“¿Hasta cuándo, pues, abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”)…

Hoy, los canallas no están fuera de las instituciones, sino que las han fagocitado haciéndose parte de ellas. Convirtiéndose en un tumor purulento que pone en peligro todo lo alcanzado con el estado de bienestar y hasta la propia democracia. Canallas que se han mimetizado con los dos grandes partidos, putrefactos ambos, y los sindicatos mayoritarios. Canallas que escamotean fondos a los parados y a las instituciones a las que supuestamente servían, como en el caso de los ERE o de los fraudulentos cursos de formación en la desdichada Andalucía.

Canallas que pretenden desmantelar la sanidad pública para parcelarla y vender lo más jugoso a sus compinches de las aseguradoras privadas, que, seguro, habrán de pagar con prebendas tales favores. Bellacos que, tras este intento de privatización salvaje, cuando España es alcanzada por el virus del ébola, llevan a los pacientes a hospitales públicos  (a los que han privado de recursos con sus recortes) en vez de llevarlos a esas clínicas tan de postín, a donde acuden los potentados, Familia Real incluida. Miserables que aun se atreven a criminalizar a la auxiliar de enfermería que se contagió tras atender a uno de sus pacientes por la chapucera forma de gestionar la crisis que mostraron estos gobiernos bananeros.

Canallas que han consentido que las comunidades valenciana y murciana se conviertan en viveros de corrupción y escándalos, tras décadas de gobierno del Partido Popular. Que insultan a la ciudadanía decente haciéndola estar regida por personajillos imputados por supuesta corrupción: desde un delegado del Gobierno hasta todos los concejales y el Alcalde populares del Ayuntamiento de Caravaca de la Cruz, pasando por varios consejeros y diputados. Tal es el respeto que parece tenerles el PP a sus ciudadanos y, lo que es peor, a la democracia.

Canallas que han premiado con una vicepresidencia en Europa a un tal Valcárcel, tras haber arruinado a su comunidad y haber consentido por acción u omisión centenares de corruptelas. Miserables que, con lo que han recortado en sanidad, educación y servicios sociales, rescatan a sus amiguitos de los bancos, algunos de los cuales han arruinado a sus entidades yéndose de putas en orgiásticas juergas alcohólicas. Canallas que se atreven a decir que Podemos es un peligro para la democracia, cuando el verdadero peligro democrático son ellos con sus intentos de pucherazo, sus amaños, sus ministros del Opus y su incompetencia supina.

‘Quousque, tandem, abutere, Mariane, patientia nostra?’

Mientras, mantienen agilipollada a la masa con partidos de fútbol a diario, con niñatos multimillonarios en pantalón corto (alguno de los cuales también ha querido robar al pueblo que lo endiosa), con tatuajes y cortes de pelo que se asemejan a una escobilla del váter; con programas como Cágame de Luxe, Gran Tontucio o Los cuernos del caballo de la Pantoja.

Y en eso, EsPPaña sí que es campeona. Mundial.

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