A Grecia, lo que es de Grecia

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Alexis Tsipras, Syriza, Christine Lagarde, Jean-Claude Juncker, Angela Merkel, Mario Draghi.

Estremeceos, míseros mortales: se acerca el apocalipsis. Una funesta amenaza se cierne sobre el cielo plomizo en el que nos hacen vivir los neoliberales. El IV Reich, en el que tanto empeño han puesto Angela Merkel y sus lacayos europeos del Grupo Popular y la mayor parte del Grupo Socialista, se puede ver seriamente amedrentado: un país de esta entelequia a la que llaman Comisión Europea, un país, para más injuria, de esa Europa periférica, vaga y fulera, un país sureño de los que han de servir de escarnio y vergüenza para los europeos de bien, los arios y calvinistas, un país de golfos y ganapanes va a elegir democráticamente un nuevo Gobierno esta semana. Grecia ha sido llamada a las urnas.

Grecia, esa nación que nos legó la democracia. ¡Democracia! Maldita palabra, infausto concepto. ¿Democracia para qué? ¿Para qué va a querer el pueblo el poder? ¿Para qué va a querer el pueblo gobernarse a sí mismo? Ya lo decían los referentes del despotismo ilustrado, aunque en nuestro caso patrio, gracias a la LOGSE y la LOMCE y a la catadura de los políticos nacionales, nuestros próceres sean más bien del despotismo analfabeto: todo para el pueblo, pero sin el pueblo.

¡Vamos!, no van a saber más que el pueblo aborregado nuestros líderes, ungidos por la mano divina. ¿Acaso el dedo de Aznar no acertó eligiendo como su sucesor en la poltrona al ínclito Mariano Rajoy, tras hacerlo batirse en incruenta pugna con el honorable Rodrigo Rato, ejemplo de probidad y eficiencia donde los haya?

Democracia, democracia, ¿para qué? El pueblo ha de seguir adocenado. El poder hay que dejarlo en manos de los que saben, los que pertenecen a lo que Rajoy llamara “la gente de bien”. De los que tienen línea directa con las grandes empresas multinacionales o energéticas, con las que cotizan en el IBEX, las que, no os engañéis, manejan de verdad el cotarro y tan bien cuidan a los suyos, en el ejercicio de su poder o a posteriori.

Aun así, hay gentes que se obcecan en querer decidir acerca de su presente y de su futuro, que quieren ser partícipes y no sólo pacientes de las decisiones que atañen a su día a día. Hay réprobos que no se conforman con que los palanganeros de los mercados se repartan entre ellos el bacalao y pretenden aplicar políticas diferentes al modelo de recortes y barbarie neocón tan en boga. Réprobos encarnados, en Grecia, en el abominable íncubo de Syriza y, en España, en el demoníaco experimento Podemos.

Pero no sufráis, mortales. Ahí está la Dama de Acero, la paladín del ultraliberalismo, la teutona llegada del Este, la que hizo apostasía de su primigenio comunismo, la inefable Angela Merkel. Ella se convertirá en brazo ejecutor de la Troika y acongojará a los ciudadanos, primero, helenos, y luego, hispanos, presentándoles de forma gráfica el acabose, el caos, si no son sumisos y no eligen a sus acólitos, personificados en los gobiernos que vienen rigiendo en alternancia ambos países, que los han hundido con sus políticas y que están revolcando, aún más, a sus naciones en el cenagal de la crisis.

Grecia osa poner en peligro el IV Reich de una Europa germanizada con su deseo de mayor democracia, con su pretensión de hacer política para el ciudadano y no para las grandes corporaciones.

Grecia. Ay, Grecia. Patria de la filosofía, que nos enseñó a pensar y a cuestionarnos absolutamente todo. Que nos mostró que el ser humano (y no los mercados) ha de ser el centro de los esfuerzos de sus gobernantes. Grecia, que tras experimentar en carne propia la oligarquía, la monarquía y la tiranía, llegó a la conclusión de que la forma de gobierno más proporcional y menos perniciosa era la democracia. Cuyas instituciones democráticas, atenienses más exactamente, sirvieron de modelo en el siglo XVIII a los padres fundadores de la Constitución de los Estados Unidos de América, que ha sido puesta como ejemplo para posteriores constituciones.

Grecia, que con su primigenia democracia nos enseñó conceptos tales como la ‘isocracia’, en la que se recogía que todo ciudadano era igual para ejercer el poder; la ‘isonomía’, mediante la cual se estipulaba que todos, absolutamente todos eran iguales ante la ley (sin aforados ni hermanas reales que valgan); o la ‘isegoría’, con la que se garantizaba que todo ciudadano podía ser escuchado expresándose libremente en la asamblea. Y sobre todo, habían estipulado que cada uno de los magistrados, sin excepción, debía rendir cuentas de forma periódica ante la asamblea o ‘Ekklesia’ y, si se demostraba que eran ineptos o corruptos, eran revocados fulminantemente y llevados a juicio.

Es obvio que a las élites gobernantes, en Grecia y en España en especial, tales ejemplos de actitud democrática les generan salpullidos.

Al comienzo de la actual crisis, para cuya gestión la Troika designó a los mismos partidos que la habían provocado con su nefasta gestión, ‘verbi gratia’, el conservador Nueva Democracia y el socialista PASOK, la arrogante Alemania de Merkel le sugirió al Gobierno heleno que le vendieran alguna de sus muchas islas. Ya no les bastaba a los teutones con colonizar innumerables islas del Sur europeo; ahora querían, además, que fueran alemanas al ciento por ciento.

La deuda que Grecia ha contraído, sobre todo con bancos germanos y centroeuropeos, es hoy por hoy inasumible. Como lo era para Alemania en 1953, tras haber causado dos guerras mundiales y un holocausto. En ese año se acordó una quita ingente de la deuda alemana, a fin de dar aire al país y dejarlo renacer de sus cenizas. Que ellos mismos habían invocado.

La ocupación nazi de Grecia fue sangrienta y despiadada. Aun así, el Gobierno heleno de los años cincuenta consintió en perdonar a los herederos de Hitler en torno al sesenta y dos por ciento de la deuda que aquéllos habían contraído con los griegos para intentar compensar los desmanes que causaron con la ocupación. Según algunos economistas reputados, esta deuda, que fue condonada, rondaría los seiscientos billones de euros.

La gestión de la crisis que ha impuesto la Troika de Lagarde, Juncker, Merkel y Draghi ha asolado los cimientos de la sociedad helena. Un veintiséis por ciento de paro. Millones de ciudadanos sin sanidad pública tras las bárbaras privatizaciones de hospitales en beneficio de compañías buitre. Trabajadores que han sido forzados a estar laborando dos años sin cobrar un solo céntimo tan sólo por mantener la apariencia de conservar un puesto de trabajo. Que han debido aceptar, luego, una rebaja del cuarenta por ciento en su salario al mismo tiempo que veían aumentadas las horas laborales.

Infinidad de negocios cerrados tras el fracaso estrepitoso de las políticas de incentivo a los emprendedores, defendido como un mantra por el Gobierno títere. Y por el español.

Sangrante privatización, no sólo de la sanidad, sino también de la educación e, incluso, de algunos cuerpos policiales y de bomberos, lo cual ha dejado abandonados a su suerte a millones de ciudadanos.

Subida descomunal de impuestos para servicios básicos como electricidad y agua: ha aumentado de manera exponencial el número de fallecidos por asfixia o incendio al verse obligados a calentarse con medios primitivos, ya que no podían pagar la electricidad. Y, a la hora de llamar a los bomberos, muchos no lo hacen, dado que no tienen para pagarles. Lo mismo que está comenzando a suceder en España: sin ir más lejos, en lo que va de invierno llevamos varias docenas de muertos en incendios domésticos. Está claro que una vida humana vale menos que las ganancias de las empresas energéticas, muy apreciadas por ciertos políticos.

Centenares de miles de jóvenes se han visto forzados a emigrar, en busca de un futuro que le niegan los dirigentes de la Unión Europea. Los más cualificados han de hacerlo, precisamente, a Alemania, Centro Europa o Gran Bretaña, lo cual supone que estos países se aprovechan de tener jóvenes excelentemente formados sin haber invertido un euro en su formación, a los cuales, para más inri, pueden pagar menos que a los nacionales. Jóvenes emigrantes, que han de sumar a la desazón que genera el desarraigo el desprecio u hostilidad de los habitantes indígenas, al recriminarles que les quitan el trabajo o que lo hacen por menos dinero.

Hechos que están hipotecando el porvenir de la Hélade, al privarla de los  mejor preparados y obligando al país al monocultivo del turismo como único motor económico.

Al mismo tiempo, el Gobierno conservador ha dejado en manos de multinacionales la explotación minera o petrolífera de extensas zonas del país, algunas en espacios naturales protegidos. Dichas multinacionales, con un desprecio absoluto de la seguridad de sus empleados y el medio ambiente, utilizan técnicas de explotación prohibidas en los países más civilizados de la Unión.

En el colmo de los despropósitos, sectores cercanos a los Gobiernos conservadores europeos sugieren con insidia al pueblo heleno que se desprenda de sus innumerables bienes artísticos, como forma de enjugar su inasumible deuda. Parece ser que tanto el British como la Isla de los Museos berlinesa quieran aumentar su colección de antigüedades griegas.

Con el cinismo característico de la derecha, la prensa española cercana al régimen está aireando los pecados que ha cometido Grecia para merecer el castigo que les ha impuesto la Troika: construcción de obras públicas faraónicas, con un disparatado sobrecoste, por pagos en sobres y similares en beneficio de políticos y altos cargos, corrupción galopante en todos los sectores de la sociedad, construcción de aeropuertos innecesarios y autopistas, que son deficitarias y algunas han sido abandonadas o nacionalizadas sus pérdidas… Cuando uno lee la lista de entuertos que han causado la crisis helena según los medios progubernamentales, no sabe si están hablando de Grecia o de España. “Nil novum sub sole”. O algo más bíblico, como les gusta a ellos: ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio.

Es evidente que la Troika y sus palanganeros están usando al pueblo heleno como ratas de laboratorio acerca de cómo desguazar los servicios públicos de un país, aun a costa de dejar en la indigencia a más de la mitad de su población. Que España va detrás, teniendo en cuenta las políticas trazadas por los de Rajoy.

Los griegos, exhaustos ante años de recortes económicos y sociales, han dicho basta. Están hartos de que se dirija su política desde fuera, de que sus Gobiernos sólo sean marionetas de los de la Comisión Europea. Están hartos de que se les haya robado su futuro, su dignidad, su esperanza. Quieren plantar cara a la Europa del Partido Popular y de los socialistas y gritarles que merecen otras políticas, que los seres humanos han de estar por encima de los mercados y bancos.

Para ello, han puesto sus ojos hastiados en un político que les parece prometedor por sus palabras y actos: Alexis Tsipras, líder de un partido que la carcunda de la prensa ha motejado de izquierda radical: Syriza.

Poco han tardado los sicarios de los neoliberales en azuzar los demonios del miedo (punto por punto lo están haciendo Rajoy y Sánchez con “el súcubo” Podemos). En un acto intolerable de injerencia en las cuestiones helenas, la propia Merkel ha desaconsejado votar a Syriza. El siniestro Rajoy no ha dudado, viéndose reflejado en su homólogo Samarás, en acudir a Atenas a apoyar al líder conservador. Lo mismo que hiciera meses ha en Turquía, a donde acudió a un mitin del fundamentalista Erdogán.

Grecia ha sufrido cruentas invasiones a lo largo de su historia: persas, turcos y nazis se han ensañado con ella. Pero a todos ha sabido plantarles cara. La Hélade es pródiga en héroes como Leónidas o Temístocles contra los medos; Konstantinos Kanaris, que se coló en la nave capitana turca y la hizo volar por los aires con su almirante incluido durante la terrible masacre de Quíos; el capitán Nikiforos, que se batió como león enjaulado contra la ocupación nazi en las montañas de la Grecia central y del Peloponeso.

Por ello, Alexis Tsipras, que intenta devolver la dignidad a sus paisanos, se hace escoltar por un veterano ex guerrillero: Manolis Glezos, de noventa y dos años, quien tuviera los redaños de encaramarse a la Acrópolis ateniense y quitar la bandera nazi.

Esperemos que el pueblo heleno pueda elegir su futuro con libertad, sin amenazas ni injerencias foráneas. En la convicción de que todos, por lo que nos vale, somos mucho más griegos de lo que imaginamos.

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