Al pijo, becicleta

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Intento compartir con mi maestro un par de horas por semana. Él me enseñó, primero, en la aldea y, posteriormente, en el pueblo, a amar los libros, a bucear en la historia para comprender el presente, a sentirme orgulloso o avergonzado de nuestros ancestros, a respetar y valorar nuestro patrimonio, a mirar la naturaleza y sus manifestaciones con ojos maravillados e intentar protegerla. Por ello, mi agradecimiento no sabe de límites. Lo tengo como mi segundo padre.

Lleva viudo dos lustros. Vive solo. Se me parte el alma cuando lo llamo por teléfono y me dice que se alegra de hablar conmigo: hacía un par de días que no conversaba con nadie, a excepción de con sus flores. Busca refugio a su soledad frecuentando el mismo bar, donde encuentra unas migajas de humanidad y compañía.

Allí acudo a visitarlo, al declinar la tarde. Lo encuentro, siempre, en la misma mesa esquinera, entre jamones y cajas de vino. Si ante él tiene un “mortero” de vino, sé que ha tenido un buen día y se encuentra bien. En cambio, si ha tomado una manzanilla o un café con leche, es que ha tenido mala jornada, bien por algún problemilla físico, bien porque la tristeza ha anidado en su alma.

El ritual de mi visita es el mismo: al inicio, me limito a saludarlo y me siento frente a él. Apenas charlamos. Toda su atención está puesta en la mesa de al lado, donde se aposentan dos amigas, también viudas, poco más jóvenes que él. Los tres constituyen una especie de club para combatir juntos su desamparo. Mi maestro, a sus setenta y siete años, sigue siendo un pícaro tenorio. Les lanza salpimentados requiebros a sus contertulias, a los que éstas le responden con picardía. Si no está de ánimo y no les canta ninguna coplilla, ellas no paran de azuzarlo hasta que se anima.

Las viudas se marchan a eso de las siete para atender a su familia. Mi maestro, al que nadie espera en casa, las mira partir con cierta nostalgia, con una pizca de envidia. Pega un golpe suave en la mesa y se pide un palmero con el que  disipar la tristeza. Es entonces cuando vuelve toda su atención a mi persona.

Empieza contándome cosas de su vida cotidiana, de las andanzas de sus hijos y, sobre todo, de sus nietos. Si éstos aparecen a visitarlo, se le iluminan las pupilas: la soledad, su sola compañera, ha sido derrotada por esa noche.

Gusta de narrarme episodios de su mocedad y de sus vivencias como maestro rural.  Argumenta que sus hijos ya están cansados de sus historias, que a sus nietos les resultan ajenas, dado que la escarpada vida de posguerra que él hubo de encarar está a años luz de lo que viven sus descendientes. Me martillea con que he de recopilar un compendio de sus narraciones. “Quiero vivir a través de ti, cuando ya me haya muerto. No pueden consumirse conmigo tantas caras amigas, tantas penurias y sencillas alegrías. Son un trozo, pequeño, pero no despreciable, de nuestra historia. Me acongojo cuando voy al cementerio a hablar con mi mujer: tengo ya más amigos enterrados allí que vivos. No se merecen morir dos veces”.

Intento defenderme de su asedio argumentando mi congénita pereza, mi torpeza con las letras, mi natural caótico, mi visceral indisciplina. Le digo que ésa es, más bien, tarea de sus hijos o de sus nietos. Es su memoria más íntima y no quiero inmiscuir mi pico de harpía en sus recuerdos familiares.

No desiste. Me conoce demasiado bien. Sabe que me gusta atesorar las lecciones de mis mayores, que insisto a mi padre para que me cuente sus experiencias, muy semejantes a las de mi maestro: ambos son coetáneos.

Agarra su vaso de vino, siempre de tubo, pero de los cortos, y da un pequeño sorbo, paladeando aquellos tintos de su juventud que sólo puede recobrar ya, según él, con el que atesora la Machacanta en los centenarios toneles de su ventorrillo. Empieza a desgranar sus memorias.

Me habla de cómo, con poco más de diez años, debía pedalear en su Lola hasta el instituto, en la ciudad. De cómo debía regresar a su pueblo a tiempo para coger el hatillo en el que iba la tartera, que llevaba la comida para su tío, boticario en una población no muy cercana. De cómo comía con su tío y había de volver al instituto, haciendo más de treinta kilómetros al día en aquellos caminos, muchas veces impracticables.

En el pueblo donde tenía la botica su tío conoció a su mujer. Tenían catorce años y juntos anduvieron cincuenta años más, hasta que el cáncer sajó su coexistir. Este pueblo y en el que me dio clase son los escenarios preferidos de sus historias. Del primero le agrada contarme de sus gentes sencillas, huertanos de raíz, que debían deslomarse para sacar un exiguo sustento. Que, al finalizar sus tareas, se juntaban en algún ventorrillo para despedir el día. Que compartían un porrón o dos de vino y un puñado de garbanzos torrados. Que festejaban si alguno se ponía rumboso y aportaba un par de huevos cocidos, una raspa de bacalao o un puñado de naranjas.

Uno de sus compañeros de francachelas, un sujeto delgado y duro como la rogalicia, acudía también a lomos de su bicicleta. El ventorro de la Javiela estaba al borde de una de las acequias, que, a modo de venas, distribuía el agua del Segura por aquellas huertas sedientas, ya desde época árabe. El parroquiano dejaba su bici aparcada con el manillar mirando hacia su casa. Solía acabar las veladas bastante beneficiado por el mucho trasiego de tinto. Decía que la bicicleta se sabía de memoria el camino de regreso. Nunca le había fallado ni lo había tirado a la “cieca”.

Cierto día, al huertano se le olvidó aparcar su “becicleta” con el manillar encarado hacia su barraca. Esa noche fue extraordinaria, ya que un contertulio había cerrado un trato muy beneficioso y, a modo de alboroque, convidó a varias rondas a sus amigos. Hasta mi maestro, que por aquel entonces sólo podía pagarse un par de chatos y un puñado de cascaruja con la que acompañarlos, pudo beber hasta hartarse.

Al acabar la velada, toda la cuadrilla se encontraba en estado de comunión con Baco, en especial el paisano de la bicicleta, que había trasegado por sí solo un porrón y medio. Salieron a la calle alborozados, compitiendo con mochuelos y cucos en sus cantos y espantando a las brujas con sus chanzas.

El susodicho huertano decidió regresar a sus lares y se dirigió a su vehículo. Olvidándose de que no lo había aparcado como de costumbre, quiso montarse mirando a casa. No encontraba el manillar, sino que, en su lugar, sólo el sillín. Los pedales tampoco rulaban como siempre. Parecían correr al revés.

Sus compinches, habiéndose percatado de la situación, hacían titánicos esfuerzos para no rebuznar entre carcajadas y advertirlo de su confusión. Tras media docena de intentos, el buen hombre, harto de la chufla que adivinaba en sus amigotes, agarró el biciclo y lo arrojó a la acequia, gritando: “¡Al pijo, becicleta! Me voy andando. Ahí te quedas”. Y se marchó trastabillando, escoltado por las risotadas de su auditorio.

Cada vez que le escucho a mi maestro esta anécdota, que supongo aderezada por su imaginación tras más de sesenta años, me es imposible contener la risa. Mi mentor me sabe hacer respirar el perfume a dama de noche y a jazmín, escuchar el rumor de las aguas corriendo por la acequia cercana, saborear el recio vino gorgoteando desde el porrón.

Cuando me quiere aleccionar sobre que no merece la pena darse golpes contra la misma piedra, una y otra vez, sin percatarse de que no es lógico insistir en una cosa sin solución y que lo mejor es desistir y buscar otra senda, me dice: “Si ves que algo no puede ser, entonces, al pijo, becicleta, y te vas andando por otra vereda”.

Mi maestro se ha considerado siempre una persona de orden, ya que durante varios años, en su lozanía, era la única representación del Estado en las aldeas donde trabajó y los aldeanos acudían a él para que solucionara sus pendencias o les hiciera algún trámite administrativo. Con el advenimiento de la democracia, se implicó apoyando al partido que, según él, abría camino al nuevo régimen, pero respetando “el orden”: Unión de Centro Democrático.

Me consta que en los últimos tiempos venía votando al Partido Popular a pesar de mis campañas disuasorias. Pero las últimas acciones de los populares han acabado por socavar su confianza en ellos.

Hombre de orden, como dije, y extremadamente respetuoso con la autoridad, le costó mucho asimilar que se volviera a postular a Esperanza Aguirre como candidata a la Alcaldía de Madrid, tras quedar demostrado que se permitió salir corriendo cuando querían multarla, sin obedecer los avisos de los agentes: “¿Cómo quiere hacerse respetar quien no respeta?”

Mas lo que más le impactó fue la desvergüenza, los pocos escrúpulos con los que los del partido de la gaviota tratan lo público, movidos por su codicia y buscando enriquecerse, aun a costa de defraudar a los ciudadanos que los han encumbrado. Harto de los continuos casos de corrupción y desgobierno, cuando le pregunto si va a seguir confiando en el PP, me mira con ojos tristes, da una palmada en la mesa, al mismo tiempo que apura su vaso, y exclama: “Al pijo, becicleta. Que los vote su padre, si lo conocieran o conociesen”.

Se levanta con esfuerzo; le fallan las articulaciones. Se dirige renqueante hacia la calle, renegando sobre que no merecía la pena tantos años de esfuerzo para que siguieran mangoneando los mismos. Como en tiempos de Franco. Pero sin Franco.

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